Pero mentiría si dijera que las palabras no me afectaron. O que no contaba los días que faltaban para la graduación para poder empezar de nuevo.
Lo único que hacía soportable la escuela era Sasha.
Publicidad
Pero mentiría si dijera que las palabras no me afectaban.
Era inteligente y segura de sí misma, y divertida en ese sentido seco y lateral. La gente pensaba que sólo era guapa – y lo era, en ese sentido en el que no parecía que lo intentara –, pero no sabían que pasaba los fines de semana ayudando a su mamá en casa y haciendo equilibrios con el dinero de las propinas en una libreta amarilla.
Su madre era enfermera, hacía turnos dobles y no siempre comía. Tenían un coche poco fiable, lo que les obligaba a utilizar el autobús la mayoría de las veces.
“Dice que las magdalenas de la cafetería son mejores que las máquinas expendedoras del hospital”, decía Sasha, riendo sin sonreír del todo.
“Lo cual debería decirte algo sobre las máquinas expendedoras”.
Publicidad
Su madre era una enfermera que hacía turnos dobles y no siempre comía.
Creo que por eso Sasha y yo congeniamos. Sabíamos lo que era vivir al margen de los privilegios de los demás.
Conoció a la abuela Doris una vez, cuando estábamos haciendo cola en la cafetería.
“¿Ésa es tu abuela?”, preguntó, señalando a la abuela, que sostenía una gran bandeja de mini cartones de leche, con la mopa apoyada en la pared detrás de ella.