“La señora Lucía dejó registros legales de denuncias por violencia doméstica. También conservó mensajes, grabaciones y un informe médico.”

Los bancos estaban llenos, pero nadie me miraba a los ojos. Ya había llorado todo lo que podía en el hospital.
Solo quedaba una calma vacía. Toqué el ataúd, recordando su piel fría y la calidez de su vientre: vida y muerte chocando en un mismo instante.
El sacerdote hablaba de paz, pero yo solo escuchaba: no la salvé a tiempo.
Lucía siempre decía que estaba bien. Quería creerla.