Las nuevas cerraduras
Me levanté temprano, fui a la ferretería y compré cerraduras nuevas para toda la casa. Cuando regresé, mientras todos dormían, cambié puerta por puerta.
Cuando mi hijo me vio arrodillado en la entrada, se quedó blanco.
—¿Qué hace, papá?
—Arreglando lo que estaba roto —le respondí sin levantar la voz.
Cuando terminé, reuní a la familia en la sala y dije:
—Desde hoy, quien quiera entrar en esta casa me lo pide a mí. Ya no hay llaves para todos.
Nadie respondió. El silencio dijo suficiente.
Poner la casa en regla
Esa misma semana fui a ver a un abogado.
Saqué el sobre donde siempre guardé la escritura de la casa: todavía estaba a mi nombre. Le pedí al abogado que dejara constancia de que nadie podía vender, hipotecar o tocar esa propiedad sin mi autorización.
Volví a casa y reuní a todos.
—La casa está a mi nombre —dije—. Y ahora está por escrito que nadie puede mover un solo papel sin mi permiso. Mientras me respeten, esta seguirá siendo su casa. Si no… la puerta está ahí.
Algunos bajaron la cabeza. Otros fruncieron el ceño. Pero nadie dijo nada.