No llevaba joyas, no tenía bolsos de marca. Su pelo castaño estaba recogido en una trenza simple. Estaba leyendo una novela de Gabriel García Márquez, el mismo libro que su abuela le había regalado cuando tenía 15 años. Nadie en ese avión la reconocía y eso era exactamente lo que ella quería. Elena había nacido rica, hija única de Roberto Vázquez, el magnate de las telecomunicaciones que había construido un imperio partiendo de una pequeña tienda de electrónica en Bilbao.
Pero su madre, Lucía, había sido una mujer sencilla, una maestra de escuela primaria que había conocido a Roberto cuando él era todavía un chico sin dinero, con grandes sueños. Lucía siempre le había enseñado a Elena que el valor de una persona no se medía por su cuenta bancaria. o la ropa que llevaba, sino por cómo trataba a los demás, especialmente a aquellos que no podían hacer nada por ella. Cuando Elena tenía 20 años, su madre había muerto de cáncer y esa pérdida la había marcado para siempre.
Había prometido sobre su tumba que viviría según sus enseñanzas, que nunca permitiría que el dinero la transformara en una de esas personas vacías y arrogantes que poblaban los círculos de la alta sociedad. Su padre había muerto 5 años después, dejándoselo todo. Elena había llorado durante meses, no por la herencia, sino por la soledad. A los 25 años se había encontrado sola en el mundo con más dinero del que podría gastar en 10 vidas y nadie con quién compartir las cosas que realmente importaban.
había decidido usar ese patrimonio para hacer el bien. Había financiado hospitales, escuelas, programas de microcréditos para mujeres en dificultades. Había comprado empresas en crisis para salvarlas de la quiebra y proteger los puestos de trabajo. Y 6 meses antes, cuando se enteró de que Iberia Luxurier, una pequeña aerolínea de lujo, estaba a punto de ser vendida a un fondo especulativo que la desmantelaría despidiendo a 2000 empleados, había hecho una oferta que no podía ser rechazada. Ahora poseía cuatro aviones, incluyendo ese en el que estaba sentada, y 2000 personas seguían teniendo trabajo gracias a ella.
Pero nadie lo sabía porque Elena había insistido en permanecer anónima. La única persona en la compañía que conocía su identidad era Marcos Delgado, el director general, que estaba sentado en clase business tres filas más atrás y que en ese momento estaba observando con creciente horror lo que estaba a punto de suceder. El comandante Alejandro Martínez caminaba por el pasillo de primera clase con su esposa Victoria, colgada del brazo. Victoria era el tipo de mujer que Elena había aprendido a reconocer y a evitar.
rubia platino, labios operados, cubierta de joyas que probablemente costaban más que el apartamento de una familia media. Llevaba un vestido plateado tan ajustado que parecía pintado sobre la piel y un abrigo de piel que Elena esperaba que fuera sintético, pero que casi seguro no lo era. Victoria se detuvo frente al asiento 2A, el de Elena, y su rostro se contrajo en una expresión de disgusto. Victoria Martínez estaba acostumbrada a conseguir todo lo que quería.
hija de un pequeño empresario del norte de España, se había casado con Alejandro 25 años antes, cuando él era todavía un joven copiloto con grandes ambiciones. Lo había elegido no por amor, sino porque había visto en él el potencial para darle la vida que deseaba. viajes en primera clase, acceso a eventos exclusivos, el estatus de esposa de un comandante de línea. Con el paso de los años, Victoria se había vuelto cada vez más exigente, cada vez más convencida de que el mundo le debía algo.
Alejandro, por su parte, había aprendido que era más fácil complacer los caprichos de su esposa que enfrentar sus escenas. Y así cuando Victoria había señalado el asiento 2a, diciendo que lo quería, que ese era el asiento con la mejor vista, que no podía soportar volar durante 8 horas sin ver el amanecer sobre el océano, Alejandro había asentido y se había dirigido hacia la joven mujer sentada allí. El comandante miró a Elena de arriba a abajo, notando la ropa sencilla, la ausencia de joyas, el libro de bolsillo que estaba leyendo.