Amigas desaparecieron en 2013 — y en 2024 una de ellas se hizo famosa en TikTok en otro país

Tenía el rostro idéntico al de su hermana desaparecida. Pero había algo profundamente perturbador en esa cuenta. ¿Por qué una persona que desapareció misteriosamente hace 11 años estaría construyendo una nueva vida en otro continente sin jamás contactar a su familia? Y la pregunta que mantendría a todos despiertos por las noches.

¿Dónde estaba la otra chica? Antes de continuar con esta historia perturbadora, si aprecias casos misteriosos reales como este, suscríbete al canal y activa las notificaciones para no perderte ningún caso nuevo. Y cuéntanos en los comentarios de qué país y ciudad nos están viendo. Tenemos curiosidad por saber dónde está esparcida nuestra comunidad por el mundo.

Ahora vamos a descubrir cómo empezó todo. Rosario es la tercera ciudad más grande de Argentina, ubicada a orillas del río Paraná, en la provincia de Santa Fe. Con más de un millón de habitantes, es una ciudad vibrante conocida por su arquitectura, su vida nocturna y desafortunadamente también por sus altos índices de criminalidad relacionados con el narcotráfico.

Para 2013, Rosario enfrentaba una crisis de violencia que manchaba las páginas de los diarios cada día, pero que no tocaba a todas las familias por igual. En el barrio de Fisherton, una zona residencial de clase media en el noroeste de la ciudad, vivían las familias Torres y Ruiz. Ambas se habían mudado allí a principios de los años 2000, cuando el barrio todavía se estaba desarrollando y las casas eran más accesibles para familias trabajadoras con aspiraciones de progreso.

Las casas estaban separadas por apenas tres cuadras en calles tranquilas con árboles de jacarandá que en primavera pintaban las veredas de violeta. Catalina Torres y Abril Ruiz se conocieron el primer día de jardín de Infantes en 1999, cuando ambas tenían cinco años. Desde ese momento fueron inseparables. Compartían todo, secretos, ropa, sueños, decepciones.

Cuando una lloraba, la otra también. Cuando una reía, la otra no podía evitar contagiarse. Las madres de ambas, Laura Torres y Mercedes Ruiz, bromeaban diciendo que habían dado a luz a gemelas en familias diferentes. Catalina era la mayor de tres hermanos. Tenía un hermano de 17 años llamado Matías y una hermana menor, Valentina, que en 2013 tenía apenas 14 años.

Su padre, Roberto Torres, trabajaba como supervisor en una fábrica metalúrgica en la zona industrial de Rosario. Un trabajo duro que le había curvado la espalda, pero que le había permitido mantener a su familia con dignidad. Laura, su madre, era docente de primaria en una escuela pública del barrio. La familia Torres era de esas que se levanta temprano, trabaja duro y encuentra alegría en las pequeñas cosas.

Los asados del domingo, las vacaciones de dos semanas en la costa, las tardes de mate en el patio. Catalina había heredado la altura de su padre y los ojos verdes de su madre. Medía 1,73. Tenía el cabello castaño oscuro que le llegaba hasta la mitad de la espalda y una sonrisa que, según todos los que la conocían, podía iluminar cualquier habitación.

Era extrovertida, apasionada, a veces impulsiva. Le encantaba la moda. Pasaba horas viendo videos de YouTube sobre tendencias y maquillaje y soñaba con estudiar diseño de indumentaria. En su habitación tenía docenas de cuadernos llenos de bocetos de vestidos, faldas y accesorios que algún día esperaba crear. Abril, por su parte, era hija única.

Sus padres, Mercedes, y Claudio Ruiz, habían intentado tener más hijos durante años, pero después de varios embarazos que no llegaron a término, decidieron que Abril sería su único tesoro y volcaron en ella todo su amor y atención. Claudio era contador y tenía su propia pequeña oficina donde atendía a comerciantes y pequeños empresarios del barrio.

Mercedes trabajaba como administrativa en el hospital provincial. Abril era más baja que Catalina, apenas 1,62, delgada, con el cabello negro y lacio que siempre llevaba suelto y ojos marrones tan oscuros que a veces parecían negros. Era más reservada que su amiga, más analítica. Le gustaba la fotografía y siempre llevaba consigo su cámara digital canon, un regalo de sus padres por su cumpleaños número 15.

Soñaba con estudiar periodismo y algúndía trabajar para una revista de viajes. Tenía miles de fotos en su computadora, paisajes de rosario, retratos de Catalina, momentos cotidianos que ella capturaba con un ojo artístico que pocos adolescentes poseían. A pesar de sus diferencias, Catalina y Abril se complementaban perfectamente, donde una era fuego, la otra era agua.