Me llamo Valeria, tengo 28 años y conozco demasiado bien lo que significa crecer sin un hogar estable.
Cuando cumplí ocho años, ya había pasado por más casas de acogida de las que podía recordar. Aprendí muy pronto a no apegarme a nada. La gente suele decir que los niños como yo desarrollan fortaleza, pero la verdad es distinta: simplemente aprendemos a guardar nuestras cosas rápido y a no esperar demasiado de nadie.