
Fue entonces cuando conocí a Mateo.
Tenía nueve años, hablaba poco, observaba todo con atención y se movía en silla de ruedas. Los adultos no sabían cómo tratarlo y los niños mantenían cierta distancia. No eran crueles, solo incómodos. Lo saludaban desde lejos y luego corrían hacia juegos en los que él no podía participar. Muchos hablaban sobre él, pero casi nadie hablaba con él.
Una tarde me senté a su lado con un libro en la mano y le dije en tono de broma:
—Si vas a quedarte mirando por la ventana, al menos comparte la vista.
Me miró por unos segundos y respondió:
—Eres nueva.
—No exactamente. He vuelto. Soy Valeria.
—Mateo.
Desde ese día, nunca volvimos a separarnos.
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Crecer juntos en medio de la incertidumbre
Pasamos la infancia viéndonos en todas nuestras versiones: enojados, tristes, esperanzados, decepcionados. Sabíamos cuándo el otro mentía diciendo que estaba bien y cuándo necesitaba silencio.
Cada vez que una pareja visitaba la residencia, no nos hacíamos ilusiones. Sabíamos que normalmente buscaban algo más fácil. Un niño sin complicaciones. Sin silla de ruedas. Sin antecedentes de traslados fallidos.
Lo convertimos en chiste para no sufrir.
—Si te adoptan, me quedo con tus auriculares.
—Y si te eligen a ti, me quedo con tu sudadera.