Después del funeral de mi hijo. Nunca mencioné la segunda casa, ni los 33 millones de pesos que él me dejó. Una semana después, mi nuera me dijo Prepara tus cosas. La casa ya se vendió. Yo sonreí. Ya estaba preparada desde antes. Pero no eran mis cosas. Me quedé ahí, frente al ataúd de madera brillante de Alejandro, mi hijo, con el corazón hecho pedazos.
La multitud pasaba en silencio, con leves inclinaciones de cabeza, con susurros de pésame. Todo deslizándose como una ráfaga de aire frío. Alejandro, mi niño, el que hasta hace poco reía, hablaba, me abrazaba fuerte cada vez que venía de visita. Ahora yacía inmóvil. Ese cáncer maldito se lo había llevado. Después de meses de lucha incansable, miré su rostro bondadoso en la foto sobre el ataúd y sus ojos parecían todavía buscar los míos, como si quisiera decir algo, pero lo único que quedaba era el silencio que me aplastaba el pecho.

A un lado, Isa, mi nuera, abrazaba con fuerza a Valeria. Mi nieta Isa lloraba desconsolada, sus hombros sacudidos por los sollozos. De ahora en adelante sólo nos tenemos la una a la otra, repetía una y otra vez con voz entrecortada. La observé conmovida y confundida a la vez. Isa siempre fue fuerte, aguda, pero hoy parecía a punto de quebrarse. Valeria estaba callada, los ojos enrojecidos, aferrando el celular como si fuera lo único que la mantenía en pie.