En Mi Noche De Bodas, Mi Esposo Trajo A Su Amante Me Obligó A Verlos Intimar. Una Hora Después…

cogió su teléfono para llamarlo, pero se contuvo. Estaría muy ocupado. No quería molestar. Clic. Un sonido agudo rompió el silencio y la puerta se abrió. Elena se levantó con alegría, una sonrisa radiante iluminando su rostro. Él había vuelto, pero su sonrisa se congeló al instante ante la escena que tenía delante. Adrián había entrado, pero no estaba solo. A su lado, o más bien agarrada cariñosamente de su brazo, estaba Lucía Jiménez. su mejor amiga Lucía llevaba un ceñido vestido lencero negro que revelaba cada curva de su cuerpo.

Su rostro, habitualmente dulce e inocente, había desaparecido, reemplazado por una sonrisa burlona y una expresión de abierto desprecio y triunfo dirigida a Elena. El Adrián que Elena conocía se había desvanecido. El hombre que ahora estaba frente a ella tenía un rostro gélido y en sus profundos ojos negros, en lugar de la calidez familiar, solo había un odio feroz y una crueldad insondable. Ni siquiera miró el vestido de novia que ella llevaba puesto. Elena sintió como si una roca inmensa le oprimiera el pecho, dejándola sin aliento.

¿Qué estaba pasando, Adrián? Tú. Su voz temblaba, pero antes de que pudiera terminar la frase, Adrián habló primero. Su voz era fría como el hielo y cada palabra era una daga que se clavaba en su corazón. Sorprendida, Elena. Sorprendida. Era mucho más que eso. Sentía que su mundo se derrumbaba. Adrián, Lucía, ¿qué significa esto? Lucía soltó una carcajada apoyando provocativamente la cabeza en el hombro de Adrián. Ay, Elena, qué inocente eres. ¿De verdad pensabas que Adrián te amaba?

Adrián apartó suavemente la mano de Lucía, no por disgusto, sino para dar un paso más hacia Elena. La distancia entre ellos se acortó, pero la extrañeza se multiplicó. Amor, ¿sabes lo repugnante que ha sido para mí cada segundo a tu lado? Cada vez que veía tu sonrisa, recordaba el rostro desesperado de mi padre antes de morir. Los oídos de Elena zumbaban. Su padre, ¿qué tenía que ver él con esto? ¿De qué estás hablando? No entiendo nada. ¿Que no entiendes?

Adrián se burló, su sonrisa torcida por el odio. Déjame que te lo explique. Hace 20 años, fue tu padre, Fernando Morales, quien tendió una trampa a mi padre, le arrebató toda su fortuna y llevó a la quiebra de la noche a la mañana a Industria Serrano, la predecesora del grupo Serrano. Mi padre no pudo soportar la humillación y se quitó la vida saltando desde un edificio. Ahora dime, ¿a quién debo cobrarle esta deuda de sangre? Elena retrocedió un paso, aturdida.

Eso no puede ser. Mi padre no es esa clase de persona. Debe haber un malentendido. Un malentendido. Adrián arrojó una carpeta de documentos sobre la mesa. Aquí tienes pruebas de sobra. Este matrimonio fue una farsa que planeé desde el principio. Mi único objetivo era hacerte probar lo que se siente al caer del cielo al infierno. Exactamente lo que tu padre y tú le hicisteis a mi familia. Cada una de sus palabras retumbaba en sus oídos como un trueno.

 

Dos años de noviazgo, un año de amor. Todo era mentira. La ternura, el cuidado, los dulces juramentos, todo formaba parte de su cruel plan de venganza. Las lágrimas asomaron a sus ojos, pero las contuvo con todas sus fuerzas. Era Elena Morales, experta en psicología criminal. No podía permitirse derrumbarse frente a su enemigo. Entonces, ¿qué es lo que quieres? Adrián esbozó una sonrisa cruel. Que pagues el precio. Se acercó a Lucía, la atrajo hacia sí y la besó con brusquedad.

Luego, mirando directamente a Elena, le ordenó, “Arrodíllate. ” Elena se quedó paralizada. “En tu noche de bodas, quiero que observes claramente cómo tu marido hace el amor con otra mujer en tu propio lecho nupsial. Esta humillación era más dolorosa que 1 puñaladas.” Sintió que la sangre se le helaba en las venas. miró alternativamente a Adrián y a Lucía, que sonreía triunfante. En ese instante, todo el amor y la esperanza dentro de ella se hicieron añicos. No lloró ni gritó.

Sus ojos estaban aterradoramente tranquilos. Lenta, muy lentamente, se arrodilló sobre la suave alfombra de lana. Así como sus rodillas se hundían en la alfombra, su corazón se hundía en un abismo de desesperación. Adrián y Lucía cayeron sobre el lecho nupsial carmesí. Las risas, el sonido de la ropa rasgándose y los gemidos obscenos resonaron en la habitación que debería haber sido la más pura. Elena permaneció arrodillada con la espalda recta, no cerró los ojos, miró fijamente la flagrante traición que se desarrollaba ante ella.

El dolor en su pecho ya se había transformado en algo frío y afilado. Ya no era una novia feliz, era solo una espectadora forzada de su propia y trágica obra. Y en su mente otro plan, uno más cruel, comenzaba a tomar forma lentamente. El tiempo en la habitación parecía haberse detenido, denso por la humillación y los sonidos lascivos que emanaban de la cama. Para cualquier otra mujer, esto habría sido un infierno en la tierra, una tortura mental extrema.

Pero Elena no se quebró. Seguía arrodillada allí, inmóvil como una estatua de piedra. Sus ojos claros observaban los dos cuerpos entrelazados en la cama, pero era como si la imagen ya no alcanzara su retina. Toda su mente estaba abstraída de esta dolorosa realidad. El dolor inicial había pasado, reemplazado por una calma aterradora. Como una máquina programada con precisión, su cerebro comenzó a analizar la situación a una velocidad asombrosa. Adrián la odiaba a ella y a su familia.

había preparado este plan durante mucho tiempo. Lucía, la amiga en la que una vez confió, era una víbora. Todo había sido una mentira. Se había equivocado. Confiaba demasiado en la gente. El amor la había cegado y había perdido la razón. Pero el mayor error de Adrián fue subestimarla. Él solo la veía como la hija frágil, ingenua y vulnerable de una familia adinerada. No sabía que debajo de esa apariencia suave se escondía una experta en psicología criminal con una capacidad de planificación estratégica insuperable.

Mientras Adrián y Lucía se deleitaban en el placer de su venganza, no se percataron en absoluto del movimiento de la mujer arrodillada en el suelo. La mano derecha de Elena, que colgaba a su lado, se movió ligeramente. Sus largos y delgados dedos se deslizaron dentro del pequeño bolso de seda que había dejado a su lado. Sin hacer ruido, lentamente sacó su teléfono móvil. La pantalla se iluminó proyectando una luz fría sobre un lado de su rostro inexpresivo.