Estaba bañando a mi cuñado paralizado… pero al quitarle la camisa descubrí algo que explicó por qué mi esposo siempre me prohibía entrar a esa habitación…-YILUX
Triste, contenida, pero real.
Era un hombre callado.
De esos que parecen estar siempre guardando una frase que no se atreven a decir.
Si yo le alcanzaba un vaso de agua, me daba las gracias con una mirada que duraba un segundo más de lo normal.
Si le acomodaba la almohada, murmuraba mi nombre como quien quiere añadir algo más y termina tragándoselo.
Nunca me incomodó.
Me inquietó.
Porque esa clase de silencios casi siempre esconden una historia.
Y yo, por cobardía o por paz, elegí no abrirla.
Mi esposo era distinto cuando el tema era su hermano.
Nunca hablaba de él con naturalidad.
Nunca se relajaba del todo si me veía demasiado tiempo en ese cuarto.
Cada vez que salía de casa, repetía lo mismo.
Que no hiciera todo sola.
Que llamara a mi suegra si necesitaba ayuda.
Que no pasara tanto tiempo encerrada allí adentro.
Pero lo más extraño no era lo que decía.
Era cómo lo decía.
No sonaba preocupado.
Sonaba alerta.
Como si no quisiera cuidarme del esfuerzo.
Como si quisiera cuidarme de descubrir algo.
A veces lo miraba mientras hablaba y pensaba que estaba a punto de explicarse.
Que por fin iba a contarme el verdadero motivo de tanta tensión.
Pero nunca lo hacía.
Me besaba la frente.
Tomaba las llaves.

Y desaparecía otra vez por días enteros, con esas supuestas carreteras, esos supuestos pendientes, esas supuestas obligaciones que siempre surgían justo a tiempo.
La casa, sin él, se sentía distinta.