La justicia había llegado no como venganza, sino como educación, no como castigo, sino como transformación. Y al final las dos habíamos ganado algo mucho más valioso que el dinero. Habíamos ganado una relación auténtica construida sobre bases sólidas que ninguna crisis futura podría destruir.
Estaba sentada en la sala de espera del médico cuando sonó mi teléfono. Era Ángela, mi única hija. Su voz sonaba extraña, casi fría, cuando dijo: —Mamá, vamos a viajar mañana a Europa. Tu casa de la playa y tu carro ya los vendí.