Estaba sentada en la sala de espera del médico cuando sonó mi teléfono. Era Ángela, mi única hija. Su voz sonaba extraña, casi fría, cuando dijo, “Mamá, vamos a viajar mañana a Europa. Tu casa de la playa y tu carro ya los vendí. Necesitábamos el dinero. Chao.” Y colgó así, sin más.

45 años criándola, sacrificándome por ella y me desecha como si fuera basura. Pero respiré profundo y sonreí porque había algo que mi querida hija no sabía. Mi nombre es Antonia, tengo 71 años y hasta ese momento pensaba que conocía a mi hija. Acababa de quedar viuda hace 6 meses. Roberto, mi esposo, murió de un infarto mientras desayunábamos juntos como cada mañana durante 45 años.
Esa mañana él me había servido café con leche y tostadas. Como siempre, me había dado un beso a la frente y me había dicho, “Buenos días, mi amor.” Fueron sus últimas palabras. Desde entonces, Ángela había estado más presente en mi vida. O eso creía yo. Venía a visitarme tres veces por semana. Me ayudaba con los trámites del funeral, me acompañaba al mercado.