Su caso fue estudiado con minuciosidad. Demógrafos, historiadores y especialistas en envejecimiento analizaron documentos oficiales como actas de nacimiento, registros censales, certificados de matrimonio y material fotográfico para confirmar su edad. Tras años de revisión, su longevidad fue aceptada por la comunidad científica internacional y reconocida por Guinness World Records. Hasta hoy, Jeanne Calment sigue siendo la única persona cuya edad superior a los 119 años ha sido verificada sin controversias.
A diferencia de lo que muchos podrían imaginar, Jeanne no llevó una vida austera ni se privó de los placeres cotidianos. Según testimonios y entrevistas, comía alrededor de un kilo de chocolate por semana, siempre incluía postre en sus comidas y disfrutaba del vino de Oporto con moderación. Fumó cigarrillos desde los 21 años hasta los 117, algo que, en teoría, debería haber afectado gravemente su salud. Sin embargo, esto no pareció impedirle alcanzar una longevidad excepcional.
Incluso al acercarse a los 100 años, Jeanne mantenía una notable actividad física. Anduvo en bicicleta hasta bien entrada la década de los 90 y, cuando cumplió un siglo de vida, recorrió a pie las casas de su ciudad para agradecer personalmente a quienes la habían felicitado. Su vitalidad sorprendía tanto como su sentido del humor, que nunca perdió, ni siquiera en sus últimos años.
En una entrevista concedida durante la celebración de su cumpleaños número 120, resumió su estado de salud con una frase que se volvió célebre: «Veo mal, oigo mal, no siento nada, pero todo va bien». Esa manera directa y despreocupada de enfrentar el paso del tiempo reflejaba una actitud ante la vida que muchos especialistas consideran clave para explicar su longevidad.
Tras su fallecimiento, el interés por descubrir el secreto de su larga vida no disminuyó. Jeanne solía atribuir su bienestar a factores simples: mantenerse en movimiento, conservar la mente activa y, sobre todo, no perder el buen humor. Solía bromear sobre su aspecto físico y llegó a decir que solo tenía «una arruga y estaba sentada sobre ella», una muestra clara de su ironía constante.
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