Las relaciones entre padres e hijos no se rompen de un día para otro, y tampoco se reparan en una tarde. Requieren paciencia, comprensión y un deseo genuino de acercarse. El tiempo que se invierte en mantener esos lazos es una de las herencias más valiosas que una familia puede dejar: la certeza de que, pase lo que pase, siempre hay un lugar donde uno puede volver y sentirse querido.
La razón por la que los hijos no visitan a sus padres