Miré al juez Robinson.
—Su Señoría… —dije, con la voz firme por primera vez desde que empezó todo—. Solicito permiso para hablar.
El juez me observó durante unos segundos.
—Concedido, oficial Johnson.
Respiré profundamente.
—Este hombre… —dije señalando a James— salvó mi vida antes de que yo siquiera naciera.
Toda la sala me miró.
—Porque el hombre que murió salvándolo… era mi padre.
Un murmullo recorrió la corte.
Miré al juez directamente.
—Mi padre dio su vida para que este hombre viviera.
Tragué saliva.
—Y hoy lo estamos juzgando por robar medicinas para que su esposa no muera.
El silencio era absoluto.
Entonces el juez Robinson apoyó lentamente el mazo sobre la mesa.
Y lo que dijo después…
cambió el destino de todos los que estaban en esa sala.