Me llamo Julián Hernández y tengo 85 años. Fui chóer de Mario Moreno, mejor conocido como Cantinflas. Lo que voy a contarte me traumó cuando lo viví, ya que algunas veces las personas no son como las esperamos. Yo no fui actor, ni político, ni periodista. Fui chóer, solo eso. Así me enseñó mi padre. Si quieres respeto, empieza por respetar tu trabajo.

Me dijo, “Hay cosas que si las sabes, ya no duermes y tú tienes que dormir. Me cayó como balde de agua fría. Era una forma elegante de decir, no te metas.” Bajé la mirada y ya no dije nada, pero mi cabeza no paraba. En el camino de regreso noté algo más. No tomamos la ruta directa. Me hizo dar vueltas, cambiar de calle, meternos por avenidas más iluminadas, luego regresarnos a calles más chicas. Eso no era tráfico, eso era ver si nos seguían.

vi por el espejo varias veces. No noté nada raro, pero ya estaba nervioso. Empecé a fijarme en cada coche, en cada moto, en cada faro. Al llegar a su casa, Mario no me dejó subir la maleta ni llamar a nadie. Se bajó él mismo, abrió la cajuela, la cargó con esfuerzo y entró rápido por la puerta lateral, no por la principal, como si no quisiera que nadie de la casa lo viera. Esa noche, cuando llegué a mi casa, mi esposa me notó raro.

¿Te pasó algo?, me preguntó mientras servía la cena. Nada, que anduve por zonas feas. Dije esquivando. No quise preocuparla, pero me costó trabajo tragar la comida. Tenía la imagen de la maleta clavada en la cabeza. Maleta negra, sombrero gris, rutas raras, frases cortas. Y no fue la última vez. Empezaron a repetirse esas vueltas, no diario, pero sí seguido, siempre de noche, siempre con instrucciones raras. No te pegues tanto al coche de adelante. No te quedes en el semáforo si ves que no viene nadie.

Si alguien se te parece mucho en el espejo, le das la vuelta a la manzana. Yo ya no manejaba como chóer, manejaba como alguien que se siente observado. Las maletas cambiaban de tamaño, a veces era un sobre grande, otras veces era un paquete envuelto en papel café. El del sombrero gris aparecía y desaparecía. Nunca hablaba mucho. Pero yo empecé a notar cómo lo miraban otros tipos cuando se acercaba. Con respeto, pero también con cuidado. Una lluvia de pensamientos me cayó encima.

Y si traemos dinero sucio y si son armas. ¿Y si me están usando sin decirme? Y la pregunta más dura, ¿y si el señor Mario, el que hace reír a todos es otro por dentro? Yo no quería pensarlo, pero cada noche extra, cada ruta rara, cada encuentro con gente de mirada dura, me obligaba a verlo. Hasta que un día vi algo en uno de esos sobres que me cambió la forma de entenderlo todo. Y ahí fue cuando la cosa dejó de ser sospecha para volverse miedo de verdad, las vueltas con la maleta negra se hicieron costumbre.

No diario, pero ya eran parte del calendario que no se escribía en ninguna agenda. A mí me avisaban siempre igual. Hoy en la noche se ocupa y yo ya sabía lo que significaba. Tanque lleno, ventanas limpias y la mente despierta. En esas noches empecé a ver más seguido al del sombrero gris. Nunca supe su nombre. Si lo dijeron, no lo retuve. Para mí siempre fue el del sombrero. Era de esos hombres que no necesitan gritar para imponer.

Caminaba tranquilo, pero se notaba que donde se paraba mandaba. Una noche, como a media semana, me dijeron que pasara por el señor Mario a una reunión de trabajo importante. Cuando me lo dijeron, usaron esa palabra con un tono raro. Importante, no como de película ni entrevista, importante de otro tipo. Lo recogí y lo llevé a un edificio viejo en una colonia donde había más cables colgando que árboles. No era un lugar donde uno esperaría ver a un artista famoso.

Se bajó rápido, sin traje, solo con saco sencillo y camisa abierta del cuello. Antes de bajar me dijo, “No apagues el motor y no te duermas.” Asentí. Él entró al edificio y yo me quedé en la calle viendo quién entraba y quién salía. Pasó como una hora. Yo ya estaba inquieto. No me gusta estar parado tanto tiempo en lugares donde la policía no entra si no es en bola. En eso vi llegar al del sombrero gris. Venía con otros dos más jóvenes con cara de que no les importaba nada.

No hicieron escándalo. Entraron como si fueran a su casa. Yo bajé la mirada para que no me tomaran de curioso. Pasaron unos minutos y salieron de nuevo. El del sombrero se acercó a mí. “Tú, el chóer”, me dijo. Me puse derecho en el asiento. “Sí, señor. Ahorita va a bajar el licenciado.” Así le dijo a Mario. El licenciado. Cuando se suba, te sigues derecho y esperas instrucciones. No te pares hasta que él te diga. Entendido, respondí. Me dio una palmada en el cofre como probando el coche y se fue a fumar a la esquina.

Al poco rato salió el señor Mario. Venía serio, pero no asustado. Se subió, cerró la puerta, miró por la ventana y dijo, “Arráncate. Yo obedecí.” A los pocos metros, él agregó, “No des la vuelta a la derecha como siempre. Hoy vamos a otro lado. Me dio una dirección en voz baja. Mientras manejaba, vi por el retrovisor que el del sombrero se había subido a otro coche y venía detrás de nosotros, no muy pegado, pero claro que nos seguía.

Después de unos 15 minutos de dar vueltas, llegamos a una calle empedrada con casas viejas de puertas altas. Mario me dijo, “Párate aquí, pero no apagues el coche.” Se bajó sin esperar respuesta, caminó hasta una puerta azul, tocó fuerte y esperó. Yo desde el coche veía nada más una parte. La puerta se abrió y apareció una señora mayor. Hablaron rápido, se movieron hacia adentro y luego salió otra figura. Era una muchacha joven, tendría unos 20 o 22 años.

Traía una bolsa chica colgando y un suéter delgado, aunque hacía frío. Tenía la cara hinchada como de tanto llorar. Mario puso una mano en su hombro. Ella dudó en dar el paso, pero al final salió. Los vi caminar hacia el coche. La muchacha volteaba hacia los lados como si esperara que de alguna esquina saliera alguien a jalarla de vuelta. Mario le abrió la puerta de atrás. “Súbete”, le dijo suave. Él es de confianza. Ella subió despacio, casi arrastrando los pies.

Se sentó y se pegó a la puerta contraria, como queriendo estar lo más lejos posible de todos. Yo no pude quedarme callado. Buenas noches dije sin voltear mucho. Ella apenas murmuró algo que sonó a buenas. Mario se subió adelante y ordenó. Vámonos. ¿A dónde? Pregunté. Me dio una dirección que no conocía. No era ni su casa, ni el estudio, ni el teatro, ni ninguna de las rutas de siempre. Apenas avanzamos, la muchacha preguntó con voz baja. Allá también están ellos.

Mario la miró por el espejo. No, allá no. Es que si me regresan, ya no salgo. Dijo casi en susurro. Esa frase me cayó como piedra. Si me regresan, ya no salgo. Yo no sabía exactamente qué quería decir, pero no sonaba a regaño ni a despido. Sonaba amenaza de esas que no se escriben en papel. Nadie te va a regresar, le aseguró Mario. Mientras estés conmigo. No, yo manejaba, pero mi cabeza ya iba a 1000 por hora.

¿Quiénes eran ellos? ¿Y por qué no podía regresar? ¿Y qué pintaba mi patrón en todo eso? Vi por el espejo al coche del sombrero. Cris seguía detrás. No nos rebasaba, no se alejaba, solo venía. La muchacha se echó hacia adelante un poco. ¿Y él quién es?, preguntó señalándome con la barbilla. Es mi chófer, respondió Mario. Es familia de este lado. No te preocupes, familia. Esa palabra me dio orgullo, pero también me metió el problema, aunque yo no quisiera.

De repente, Mario se inclinó hacia mí. Julián, si ves que ese coche de atrás se te pega demasiado, haces lo que tengas que hacer, pero no te paras, ¿eh? ¿Qué es demasiado? Pregunté nervioso. Lo vas a sentir, dijo. No me gustó la respuesta, pero tenía razón. Uno siente cuando algo ya no es normal. La muchacha atrás empezó a llorar quedito con la cara tapada. Yo quería decirle algo, aunque fuera una tontería, pero no se me ocurrió nada.

¿Qué le dice uno a alguien que tiene miedo de no volver a salir? Solo atiné a bajar un poco la velocidad para esquivar un bache y en eso me di cuenta. El coche del sombrero ya no estaba solo. Más atrás venía otro sin placas. con las luces medio apagadas. Ahí supe que esto ya no era una simple vuelta rara y que la muchacha no era invitada. Era alguien que no podía regresar porque si regresaba la historia se acababa para siempre.

La calle se empezó a sentir más chica, aunque fuera la misma de siempre. Cuando uno sabe que lo vienen siguiendo, cualquier esquina parece trampa. Yo veía el retrovisor cada 2 segundos. Primero el coche del sombrero gris, luego el otro más atrás, sin placas, con sin sot, las luces medio escondidas. Mario notó mi tensión. Tranquilo, Julián, dijo. Si te pones duro del volante, te vas a equivocar. Fácil decirlo. El que traía a la muchacha y al coche era yo.

Ella desde atrás preguntó. ¿Son ellos? Su voz tembló en ellos. Mario no respondió de inmediato. Miró por la ventana como calculando. Todavía no dijo al fin. Pero ya saben que no estás donde deberías estar. Eso me eló la espalda. Donde deberías estar. O sea, en otro lado, en una oficina, en una casa, en un sótano. Tomé una avenida más ancha. Quise mezclare con el tráfico, pero a esa hora ya no había tanto. Peor tantito. Era más fácil que nos ubicaran.

Mario, me animé. Si anda en algo peligroso, dígamelo claro. Pa, saber a qué le tiro. Él soltó aire por la nariz. No de risa, de cansancio. Lo único que necesitas saber, Julián, es que no te estoy metiendo en algo mío, sino en algo que no debería existir. Yo fruncí el seño. ¿Cómo? ¿Algo que no debería existir? Antes de que contestara, la muchacha habló casi con coraje contra sí misma. Por mi culpa dijo. Es por mi culpa. Mario volteó a verla.

No es por tu culpa, es por lo que ellos hicieron. Tú solo no te quedaste callada. Ella abrazó su bolsa como si trajera un bebé adentro. Yo solo acomodaba papeles dijo. Yo no quería meterme en nada, pero escuché nombres, órdenes, cosas que si las oye cualquiera no vuelve a dormir. Y luego vi los documentos y me los guardé. Yo sentí un torzón en la panza. ¿Qué? Documentos. pregunté sin quitar la vista del frente. Ella dudó, pero Mario la animó con la mirada.

Diles, hija. Listas, dijo ella, nombres de gente importante, de los que mandan, no los que salen en la tele. Otros, los que dicen a quién levantar, a quién desaparecer, a qué juez comprar, qué caso perder. Todo por escrito. Me dieron ganas de apagar el coche y bajarme a caminar hasta mi casa, pero ya estábamos metidos hasta el cuello. Eso no lo hace cualquiera. Dije, ¿quién guarda esas cosas en papel? Los confiados, respondió Mario. Los que creen que nadie se va a atrever a tocarles, un solo papel.