Me llamo Julián Hernández y tengo 85 años. Fui chóer de Mario Moreno, mejor conocido como Cantinflas. Lo que voy a contarte me traumó cuando lo viví, ya que algunas veces las personas no son como las esperamos. Yo no fui actor, ni político, ni periodista. Fui chóer, solo eso. Así me enseñó mi padre. Si quieres respeto, empieza por respetar tu trabajo.

Se quedó callado un momento, luego me miró. Yo sentí que me atravesaba. ¿Él ya vio? Preguntó señalándome con la cabeza. Solo un pedazo dijo Mario. Lo suficiente para que entienda por qué estamos aquí. El político suspiró. Muy bien, dijo. Esto lo tengo que mover con pinzas. Si lo uso mal, me truena en la cara. Si no lo uso, seguimos igual. Y si se enteran que lo tengo. No terminó la frase, no hacía falta. Lo que me preocupa, añadió, es que esto no es todo.

Si la muchacha vio esto, vio más. Hay más copias. Dije sin pensar. Él me vio con atención. Exacto, confirmó. Y los que están allá afuera lo saben. Por eso no solo quieren el papel, quieren su cabeza. Aunque quemen este sobre, si ella sigue viva, sienten que hay riesgo. Sentí que el piso del coche se hundía. Entonces, ¿de qué sirvió traerlo hasta acá? Pregunté un poco más fuerte de lo que debía. El político me sostuvo la mirada. No era soberbio, estaba cansado.

Sirve, pa, que yo tenga con qué negociar. Dijo p apretar a algunos, pa frenar otros movimientos, pa salvar aunque sea unas cuantas vidas. Esto no cambia el mundo. Pero sí puede cambiar las próximas semanas. Y a veces semanas son la diferencia entre un muerto más o menos. Mario asintió despacio. Con eso me basta. dijo, “Ella ya no está en su lista fácil, por lo menos.” El político cerró el sobre y se lo guardó en el saco. Pero entiéndelo bien, Mario añadió, con esto ya no puedes decir que no más ibas pasando.

Estás dentro y ellos también saben quién eres. Y no me refiero al que cuenta chistes en el cine. Hubo un silencio. Mario se acomodó en el asiento y dijo, “Hace años que sé quiénes son ellos. Ellos también saben quién soy yo. La diferencia es que antes no me metía tanto. Hoy sí, algo tenía que hacer. El político lo miró como quien mira a un loco o a un valiente. “Pues ya lo hiciste”, dijo. “Y ahora yo tengo que hacer lo mío.

Saca a tu chóer de aquí y no regreses por la puerta frontal. Salgan por donde entran los que no existen en los reportes. Se apartó del coche. Mario me tocó el hombro desde atrás. Vámonos, Julián. Arranqué despacio. Di vuelta en una calle lateral que yo ni había visto. Mientras nos alejábamos vi de reojo como los coches que nos seguían seguían estacionados esperando. Todavía no sabían que ya habíamos soltado la bomba. Manejé en silencio unos minutos hasta que no aguanté.

Mario, ese señor es de los buenos o de los malos. Él soltó una risita cansada. En este país, Julián, nadie es de un puro lado, pero hoy, al menos hoy, va a estar del lado que necesitamos. Se recargó en el asiento y de todos modos, agregó, ya no hay vuelta atrás. Yo seguí manejando con la sensación rara de haber entrado a un juego donde no conocía las reglas. Lo que no sabía era que lo peor todavía no empezaba.

Hay una parte de esta historia que no vi completa con mis ojos. La conozco porque después me la contó el mismo señor Mario y también la muchacha cuando las cosas ya estaban más frías. Pero es parte de la misma noche. Y si no la cuento, parece que todo se arregló fácil. Y no fue así. Cuando el político tomó el sobre y nos dijo que nos fuéramos, yo pensé que ya habíamos terminado, pero no. Antes de salir del todo, el guardia del edificio se acercó a la ventana de Mario y le dijo en corto, “Arriba quieren que se queden un rato, que se enfríe la calle.” Mario dudó.

Me miró. Subimos, dijo, “mientras no nos apaguen estamos mejor adentro que en media avenida.” Yo no quería quedarme, pero tampoco iba a discutir. Apagué el coche, lo cerré y entramos los tres, el señor Mario, la muchacha y yo. Por dentro el edificio se veía distinto. Pasillos largos, pisos viejos, olor a café recalentado y a papel. Nos metieron a un cuartito sin ventanas con una mesa y tres sillas, un foco colgando. Nada más. Espérense aquí, dijo el guardia.

Si se oye relajo, no salgan hasta que alguien de los nuestros abra. Yo me senté frente a la puerta como si con eso pudiera detener a medio mundo. La muchacha se fue a una esquina abrazando su bolsa. El señor Mario se quedó parado caminando despacito de un lado a otro con las manos atrás como pensando. Pasaron unos minutos largos, nadie hablaba, hasta que yo, que siempre acabo metiendo la pata, solté Mario, el del sombrero gris. ¿Quién es realmente?

Él se detuvo. Me vio. ¿Por qué preguntas, horror? Porque no parece buena gente, dije, y anda muy cerca de usted. El señor Mario se quedó callado un rato, como midiendo qué tanto decir. Hay lugares donde la buena gente no dura ni una semana, respondió por fin. Si quieres entrar ahí, tienes que parecer de ellos, si no te vuelan. Yo fruncí el ceño. Entonces, él no trabaja para los otros. Negó con la cabeza. Trabaja conmigo”, dijo. Bueno, con nosotros.

Lleva meses metido ahí adentro viendo quién es quién, cómo se mueven. Si hoy estás vivo, es porque él avisó que la muchacha ya no estaba en su lugar. Si no, ni tiempo de salir. Corriendo te daban. Me quedé frío, pero la maleta negra, las vueltas, todo eso. Parte del trabajo. Contestó. Sacar gente, mover pruebas, hacer tratos raros para que suelten a uno y agarren a otro. No es bonito, pero es necesario. Si él se hubiera presentado contigo como buen samaritano, no estaría vivo ahorita.

Yo recargué la espalda en la silla. Tenía que procesar todo de nuevo. Todo lo que me había parecido sucio. No lo era como yo pensé. Era otra cosa. Peligrosa. Sí, chueca en apariencia también. Pero no del lado que yo creía. La muchacha levantó la mirada. Él me cuidaba también, preguntó. Desde que te fuiste con los papeles. Sí, dijo Mario. Te seguía de lejos para ver quién más te seguía, pero llegó un punto en que ya no era suficiente.

Por eso terminaste aquí. Ella bajó otra vez la vista. No sé si se sintió aliviada o peor. De pronto, el foco del cuarto titiló y se apagó. Un segundo. Dos. Se hizo oscuro de ese oscuro feo de interior. Se escuchó un zumbido y luego volvió la luz. Ya ves, murmuró Mario. Eso nunca es buena señal. A los pocos segundos se oyeron pasos en el pasillo rápidos, varios. Después una voz conocida del otro lado de la puerta. Mario era el del sombrero.

El guardia abrió la puerta solo un poquito. Yo me paré al instante. El del sombrero se asomó sin quitarse el gesto serio. Ya lo solieron, dijo. Los de afuera no son los tuyos. ¿Cuántos? Preguntó Mario. Los suficientes como para que esto ya no sea plática. Respondió. Llegaron en coches sin placas. No traen cara de excitatorio, preguntan por la muchacha. Sentí que la piel se me encogía. ¿Cuánto tenemos? Insistió Mario. El del sombrero hizo un cálculo rápido, mirando al techo como si escuchara las pisadas.

Minutos dijo. Tal vez menos si alguien mete la pata. Se volteó hacia mí. No con odio, pero sí con claridad. Él sabe manejar en serio, preguntó. Sabe, respondió Mario por mí. No más se pone nervioso, pero ya se le va a quitar. Yo tragué saliva. No sabía si agradecer o renegar. El del sombrero entró al cuarto y cerró detrás de sí. De Mintu Sinto. Cerca se veía menos frío, pero igual de cansado que todos. A ver, dijo, no hay tiempo para dramas.

La cosa está así. Los de afuera creen que el sobre sigue aquí contigo, Mario. Si se enteran de que ya lo entregaste, se van a poner peor. Necesitan agarrar algo o a alguien. Miró de reojo a la muchacha. Ella se apretó contra la pared. “Pues que agarren aire”, respondió Mario. Ella no sale. “Si fuera por mí”, dijo el del sombrero. “Ya iría rumbo a otro país, pero ahorita lo primero es que salga de este edificio.” Mario volteó hacia mí.

“Julián”, dijo, “¿Te acuerdas de la salida de la cochera? ¿Dónde metimos el coche?” “Sí, no es la única,”, añadió. Hay otra atrás por la bodega. De ahí sales a una calle que casi nadie usa. Por ahí te vas a ir. Yo lo vi sin entender del todo. ¿Y ustedes? El del sombrero se cruzó de brazos. Nosotros nos vamos a quedar a recibir visitas, dijo. Con algo para que se entretengan. Mario se acercó a la mesa y sacó de su saco otro sobre Manila.

Igualito al primero. Este está vacío, explicó. Pero por fuera se ve igual. Si ellos ven esto en mi mano, se van a venir conmigo. La muchacha abrió los ojos. No dijo. No se quede, por favor. Mario se agachó un poquito para verla a su altura. Hija, si no se entretienen aquí, nos van a alcanzar allá afuera. Y allá no hay paredes ni focos que se apaguen. Allá son balas. hizo una pausa. No te estoy haciendo un favor, estoy haciendo lo que me toca.