Me llamo Julián Hernández y tengo 85 años. Fui chóer de Mario Moreno, mejor conocido como Cantinflas. Lo que voy a contarte me traumó cuando lo viví, ya que algunas veces las personas no son como las esperamos. Yo no fui actor, ni político, ni periodista. Fui chóer, solo eso. Así me enseñó mi padre. Si quieres respeto, empieza por respetar tu trabajo.

Lo vi sacar mujeres de casas donde les pegaban. Lo vi mover tierra y cielo para que una muchacha con un sobre acabara en una fosa. Lo vi recibir amenazas y seguirle. Lo vi cansado, harto, pero nunca indiferente. Perfecto. No tenía su carácter, sus errores, sus culpas. No era santo, como él mismo dijo, pero cobarde, eso sí que no. Por eso hablo, porque no quiero que cuando se recuerde su nombre se queden nada más con el sombrero, el bigote y el chiste.

Quiero que sepan que también hubo un hombre detrás que se metía en broncas por otros, en secreto, sin cámaras, sin aplausos. Y si alguien viene a decirme eso no es cierto, eso no está en los libros, yo les voy a responder tranquilo. No está en los libros, está en mi memoria. Yo manejé el coche, yo estuve ahí. Yo vi cómo se bajó con un sobre vacío y cómo nos dejó ir con la parte viva de esa historia.

Ya me voy haciendo, viejo. De verdad, no sé cuántas mañanas me queden, pero si hoy me tocara irme, me iría más ligero, sabiendo que ya lo dije. Mario Moreno no fue solo el que hacía reír en el cine, también fue el que se jugó la vida para que otros pudieran seguirla.

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