
Tomé mi sombrero, abrí la puerta y salí sin mirar atrás.
Ese día terminó una historia… y empezó otra.
¿Qué aprendemos de esta historia?
Que un padre puede perdonar muchas cosas, pero no vivir donde ya no tiene dignidad.
El respeto no se suplica: se pone con límites.
Y cuando esos límites se rompen, uno tiene derecho a empezar de nuevo, aunque sea solo.