Me curé.
Me sazoné.
Me puse más fuerte.
Y si algo aprendió mi casa, mi hija y hasta el eco de aquel pasillo donde me insultaron, es esto: la casa no apestaba por culpa de una vieja.
La casa apestaba a ingratitud.
Y el día que abrí las ventanas, barrí la basura y cerré la puerta, por fin empezó a oler a mí.
A café recién hecho.
A cuentas claras.
A masa batida.
A dignidad.
A victoria.