Todo ocurrió un domingo al mediodía.
Mi hijo, delante de toda la

familia

, me miró fijo y dijo sin vergüenza:

Cerraduras y cerrajeros

—Viejo inútil.

Familia

Yo no respondí. Seguí masticando despacio para que no se notara cómo se me apretaba el pecho. Pero ese insulto se me quedó clavado. Terminé de comer en silencio, me levanté de la mesa y me fui a mi cuarto.