A los 71 pagué la tarifa de mayores en la piscina municipal… y entendí que llevaba 62 años aguantando la respiración.
Pusieron la piscina municipal justo enfrente de mi bloque. La vi construirse desde mi ventana: meses de vallas, hormigón, ruido, y de pronto un día apareció ese azul limpio de los azulejos que te hace pensar que algo puede empezar de nuevo.
Me llamo Rosario. Tengo setenta y un años. Viuda. Tres hijos que llaman los domingos… si se acuerdan.
Nunca he sido nadadora. De hecho, el agua me aprieta el pecho. Cuando tenía nueve años, en un campamento de verano, estuve a punto de ahogarme. Había gritos, chapoteos, demasiada gente. Perdí el suelo sin entender cómo. Tragué agua, manoteé, intenté pedir ayuda… y nadie miraba. Me sacaron porque otro niño gritó.

Eso es lo que se queda: no solo el miedo al agua.