Sino la sensación de que puedes hundirte sin que nadie se dé cuenta.
Cuando la piscina abrió en marzo, yo me sentaba en el balcón a ver a los de primera hora. Siempre a la misma hora, como un reloj. Las mismas caras. El mismo silencio respetuoso. Hacían largos y largos como si fuera un ritual.
Había una mujer que me llamaba la atención. Más o menos de mi edad. Pelo gris corto, hombros fuertes. Nadaba un poco y luego se quedaba boca arriba, flotando. Veinte minutos. A veces más. Tranquila, como si por fin el cuerpo supiera descansar.
Yo quería esa paz.
Tardé tres semanas en cruzar la puerta. Tres semanas diciendo “mañana”. Hasta que un martes entré. Pagué la tarifa de mayores, me puse la pulserita y en el vestuario me miré con un bañador que había pedido por internet. No me veía bien. Me veía mayor, torpe, demasiado expuesta.
Me quedé en la parte baja, agarrada al borde. El agua estaba templada. Y en menos de cinco minutos noté algo que no esperaba: las rodillas dejaron de dolerme como siempre.
La mujer del balcón se acercó.
—¿Primera vez?
Asentí.
—Soy Rosa. Hoy quédate donde haces pie. Camina de un lado a otro. El agua le viene bien a las rodillas.
Eso fue todo. Sin charla, sin curiosidad. Volvió a lo suyo: a flotar.
Yo caminé. Me sentía un poco ridícula, sí. Pero era un ridículo que respiraba mejor. Y al salir me di cuenta de que, por primera vez en años, no subí las escaleras con esa punzada en las piernas.
Volví al día siguiente. A las siete.
Rosa estaba allí. Y también dos personas más.
Un hombre mayor, serio, que hacía ejercicios en el agua como si estuviera siguiendo una rutina de toda la vida. Se llamaba Luis. Un día lo soltó sin drama:
—Artrosis. El médico me dijo: piscina o pastillas. Yo elegí piscina.
Y una mujer más joven con una cicatriz larga en la pierna. Se movía despacio, pero con una determinación que no pedía permiso. Se llamaba Nuria. Me dijo:
—Tuve un accidente. Estoy aprendiendo a caminar otra vez. En el agua me siento normal. Como si mi cuerpo no estuviera roto.
No éramos “amigos de quedar”. No sabíamos apellidos. No nos veíamos fuera. Hablábamos poco. Nadie preguntaba de más. Pero cada mañana a las siete estábamos allí, en el mismo lugar, compartiendo el agua como quien comparte un banco al sol.
Después de dos semanas, Rosa me preguntó como si hablara del tiempo:
—¿Quieres probar a flotar?
Me salió una risa nerviosa.
—No puedo.
Rosa me miró sin dureza.
—Todo el mundo puede. El cuerpo quiere flotar. Solo tienes que dejar que el agua te sostenga.
Me enseñó: mentón un poco arriba, hombros sueltos, brazos abiertos. Y confiar.
Me eché hacia atrás… y me hundí como una piedra. Salí tosiendo, con el corazón disparado. Volví a tener nueve años en el cuerpo.
—Otra vez —dijo Rosa, tranquila.
No dijo “no pasa nada”. No dijo “ánimo”. Dijo:
—Otra vez.