A los 71 crucé la piscina y encontré a quienes sí me veían La mañana que Rosa no apareció a las siete, el agua volvió a parecerme más honda que nunca.

Tardé once días en flotar treinta segundos sin entrar en pánico. Once días de intentos, de vergüenza tragada, de pequeñas victorias.

Y un jueves, de repente, lo conseguí. Orejas medio bajo el agua, los sonidos apagados, el techo borroso por el vapor. Sentí el agua sujetándome, de verdad. Como una mano firme.

Me puse a llorar. Allí mismo, en la piscina. Sin elegancia. Con la cara arrugada y los ojos rojos.

Rosa flotó a mi lado. No preguntó por qué. No lo necesitaba. Estaba, y eso era suficiente.

Seguimos con nuestra rutina: caminar, ejercicios, unos largos, un rato de flotar. Hasta que Luis dejó de venir.

El primer día pensé que estaría resfriado. El segundo, que tendría visita. El tercero, que algo iba mal. Al quinto día pregunté en la entrada si sabían algo. Me dijeron, con amabilidad, que no podían dar información.

Rosa tuvo una idea sencilla: pedir que le hicieran llegar un mensaje. Solo una frase: “Tus nadadores de la mañana están preocupados.”

Dos días después llamó su hija para que nos lo transmitieran: Luis había tenido un ictus. Estaba en rehabilitación. Y quería que supiéramos que nos echaba de menos.

Así que nos organizamos. Sin grandes discursos. Los martes, por turnos, íbamos a verlo. Diez minutos, quince. Le llevábamos noticias pequeñas: quién había ido, cómo estaba el agua, si ese día amaneció frío, si el vapor empañaba los cristales.

La primera vez que me vio, Luis lloró.

—¿Has venido?

—Claro que he venido —le dije—. Eres de los nuestros.

Cuatro meses después, volvió a la piscina. Más lento. Con bastón. Pero volvió.

Nos quedamos quietos un momento cuando lo vimos bajar a la parte baja. Rosa dejó de flotar. Nuria apoyó los pies. Yo me agarré al borde y lo vi dar esos primeros pasos dentro del agua, como si estuviera reaprendiendo a confiar.

Luego seguimos.

Porque eso era lo nuestro: aparecer. Una y otra vez.

El mes pasado se unieron tres personas nuevas: un hombre que se recupera de una operación, una mujer con dolores constantes, y un adolescente al que le recomendaron la piscina para la ansiedad.

Rosa los presentó igual que me presentó a mí:

—Quédate donde haces pie. Camina. Aquí estamos cada mañana.