Nuria ya terminó la rehabilitación hace tiempo. No “necesita” la piscina. Pero sigue viniendo.
—¿Por qué? —le pregunté.
Miró el agua y dijo bajito:
—Porque fuisteis a ver a Luis. Nadie había aparecido por mí así.
Tengo setenta y un años. Durante sesenta y dos tuve miedo al agua porque, cuando era niña, nadie vio que me estaba hundiendo.
Ahora floto cada mañana con gente que se da cuenta de todo, no por cotilleo, sino por presencia.
No necesitamos saberlo todo de los demás. Nos basta con esto: la misma hora, el mismo sitio, el agua templada, y una mirada que dice “te veo”.
A veces, eso es suficiente.
Más que suficiente.
Si en algún lugar hay un “grupo de mañana”, gente que aparece siempre… prueba a ir. Quizá no te estén esperando en lo profundo.
Quizá estén ya en la parte baja.
Listos para enseñarte a flotar.
No fue por el agua.
Fue por el hueco.
Hay ausencias que hacen ruido aunque no digan nada. La calle estaba igual, el vapor empañando los cristales igual, Luis entrando despacio con su bastón igual. Pero el hueco de Rosa se notaba como se nota una baldosa floja: no la ves al principio, y aun así todo el cuerpo la esquiva.
Miré el reloj de pared tres veces.
Las 7:02.
Las 7:04.
Las 7:07.
Rosa nunca llegaba tarde.
No era una manía de militar ni nada parecido. Simplemente era de esas personas que aparecen. Y cuando una persona así no aparece, algo dentro de ti se pone en guardia.
Nuria también lo notó.
—A lo mejor hoy no viene —dijo, pero lo dijo mirando la puerta.
Luis no dijo nada. Se colocó las dos manos en el bordillo, respiró hondo y empezó con sus ejercicios. A veces la gente mayor tiene esa forma de aguantar el miedo: seguir con lo que toca.
Yo intenté hacer lo mismo.
Me metí en la parte baja. El agua templada me subió por las piernas. Antes me aliviaba. Aquella mañana me parecía más pesada.
Y entonces vi al chico.
Era el adolescente nuevo, el de la ansiedad. Llevaba unos días viniendo, siempre con los hombros en tensión, como si el bañador no fuera una prenda sino una exposición. No hablaba casi nada. Entraba, caminaba un poco, se mojaba la nuca, y se iba antes que nadie.
Ese día estaba parado junto a la escalera, sin entrar.
Con la toalla apretada entre las manos.
Mirando el agua como yo la miré durante sesenta y dos años.
Yo habría esperado a Rosa para que se acercara. Habría pensado que ella sabía mejor qué decir, cómo decirlo, dónde poner la voz. Pero Rosa no estaba.
Y por primera vez entendí algo que no me había planteado nunca: quizá, cuando alguien te sostiene mucho tiempo, llega un día en que te toca sostener un poco tú.
Me acerqué despacio.
—Hoy cuesta, ¿eh?
El chico levantó la vista. Tendría quince o dieciséis años. Esa edad extraña en que el cuerpo crece más rápido que las certezas.
Asintió.
—No pasa nada si hoy solo te mojas los pies —le dije.
Se encogió de hombros. Tenía la mandíbula apretada.
—No es eso —murmuró—. Es que cuando hay gente me falta el aire.
La frase se me metió en el pecho de una forma rara. Porque yo sabía lo que era pensar que el problema era el agua, cuando en realidad era otra cosa. El recuerdo. La vergüenza. El miedo a perder pie delante de los demás.
Así que le dije lo mismo que Rosa me dijo a mí el primer día.
—Quédate donde haces pie. Camina. Aquí estamos cada mañana.
No fue una gran frase. Ni siquiera era mía.
Pero funcionó.