A los 71 crucé la piscina y encontré a quienes sí me veían La mañana que Rosa no apareció a las siete, el agua volvió a parecerme más honda que nunca.

El chico me miró como si necesitara unos segundos para creer que aquello bastaba. Luego dejó la toalla en el banco y bajó un escalón. Después otro.

Entró en el agua sin elegancia, sin épica, sin música de película. Como entramos casi todos en las cosas que nos asustan de verdad: a trozos.

Se llamaba Álex.

Lo supe diez minutos después, cuando ya estaba caminando despacio de un lado a otro, con el agua por la cintura y la respiración menos rota. Nuria le sonrió desde más allá. Luis levantó una mano en un saludo pequeño, de esos que dicen más de lo que aparentan.

Rosa seguía sin llegar.

Al salir, preguntamos en la entrada. Nos respondieron con amabilidad lo mismo de siempre: no podían dar información. Dejamos un mensaje. Solo una frase, escrita en un papel doblado.

“Tus nadadores de la mañana te están esperando.”

Volví a casa con una inquietud absurda, casi infantil.

A los setenta y un años una se supone que ya sabe medir las cosas. Sabe distinguir entre una preocupación razonable y una imaginación desbocada. Pero la verdad es que no. La edad no te vacuna contra ciertos miedos. Solo te enseña a disimularlos mejor.

Esa tarde me senté en el balcón.

La piscina estaba ahí, quieta, azul, igual que el día anterior. La gente entraba y salía. Una madre secaba a una niña junto a la puerta. Un hombre cargaba con una bolsa de deporte y una espalda cansada. Todo seguía.

Y, sin embargo, yo sentía que algo había cambiado.

Mis hijos me llamaron esa noche. Era domingo.

El mayor me habló de una avería en su coche. La mediana, de que el niño pequeño llevaba dos días con tos. La pequeña, de que quizá en verano podrían venir a verme más tiempo. Yo escuché, hice los ruidos adecuados, pregunté lo que tocaba.

Luego la pequeña me dijo:

—Mamá, ¿y tú qué tal?

Casi siempre contesto lo de siempre.

“Tirando.”

“Bien.”

“Lo normal.”

Pero aquella noche dije otra cosa.

—Estoy preocupada por una amiga.

Se hizo un silencio pequeño. No incómodo. Sorprendido.

—¿Una amiga? —repitió ella.

Y de pronto me di cuenta de que esa palabra, en mi boca, sonaba nueva. No porque antes no hubiera querido a gente. Claro que sí. He querido a mis hijos, a mi marido, a vecinas, a compañeras de trabajo, a primas, a personas que estuvieron y luego ya no.

Pero “una amiga” era distinto.

No era familia. No era obligación. No era costumbre.

Era alguien a quien había elegido con la rutina, con la presencia, con el simple hecho de estar.

—Sí —dije—. Una amiga.

Al día siguiente Rosa tampoco vino.

Ni al siguiente.

El tercero apareció una mujer menuda en la entrada preguntando por “el grupo de las siete”. Nos miramos entre nosotros. Luis señaló con la barbilla, como hace él cuando algo le emociona y no quiere que se le note demasiado.

La mujer se acercó.

—¿Vosotros sois Rosario, Luis y Nuria?

Nos quedamos quietos.

—Soy Elena —dijo—. Soy la hermana de Rosa.

Sentí ese segundo exacto en que el cuerpo se prepara para una mala noticia. El estómago, la garganta, las manos. Todo se coloca para el golpe.

Pero Elena sonrió enseguida, como quien entiende lo que está provocando.

—No os asustéis. Está bien. Se cayó en casa y se ha fisurado el tobillo. Nada grave, pero la tienen quieta unos días y está insoportable.

Luis soltó el aire con tanto ruido que nos echamos a reír.

La risa salió rara, nerviosa, casi tonta. Pero qué alivio tan inmenso puede caber en una risa tonta.

—Me ha mandado —siguió Elena— porque dice que sabe que estaréis preocupados. Y también me ha dicho una cosa muy suya: que no dejéis de flotar por su culpa.

—Eso es muy de Rosa —dijo Nuria.

Elena asintió.

Entonces sacó de su bolso una libreta pequeña.

—Y me ha pedido otra cosa. Que os diga, sobre todo a ti, Rosario, que ya sabes hacerlo sola.

No pregunté el qué.

Lo supe.

Aquella mañana floté sin Rosa al lado.

No voy a mentir: al principio me tembló todo. No por el agua, sino por la memoria del miedo. Hay aprendizajes que parecen sólidos hasta que falta la persona que te puso la mano en la espalda la primera vez.

Me eché hacia atrás despacio.

Mentón un poco arriba. Hombros sueltos. Brazos abiertos.

Y esperé el pánico.

No vino.

Lo que vino fue otra cosa. Una calma distinta. Menos deslumbrante, quizá, que la del primer día. Pero más mía.

Oí a Álex cerca.

—Lo has hecho —dijo bajito.

Abrí los ojos. Él estaba a dos metros, agarrado al bordillo, mirándome con una seriedad enorme. Como si estuviera tomando nota de algo importante.

—Sí —le dije—. Lo he hecho.

A partir de entonces empezamos a llevarle a Rosa pequeñas crónicas por medio de su hermana. Nada épico. Justo lo que a nosotros nos había servido con Luis.

Que Álex ya entraba sin quedarse congelado en la escalera.

Que Luis había conseguido girar mejor la cadera.

Que Nuria había vuelto a hacer un largo completo sin parar.

Que un señor nuevo se quejaba del madrugón pero no faltaba ni un día.

A la semana siguiente Elena nos dijo:

—Está harta de estar en casa. Dice que desde la ventana no se ve bien el cielo.

Yo pensé que eso solo lo entiende quien ha encontrado un sitio donde el cuerpo descansa de una manera concreta. Hay descansos que no ocurren en el sofá ni en la cama. Ocurren en el agua. En un banco del parque. En una cocina con alguien cortando pan al lado. En un lugar donde no tienes que explicarte demasiado.

Dos semanas después fuimos a verla.