No todos a la vez, porque no éramos una excursión escolar. Primero Luis y yo. Luego Nuria con Álex. Después se fue sumando alguna persona más del turno de la mañana, esa gente que ya empezaba a quedarse un rato apoyada en la pared, comentando el frío o el vapor o lo torpe que era el cuerpo según qué lunes.
Rosa vivía en un piso sencillo, con geranios en la ventana y una manta doblada en el brazo del sofá.
Nos abrió con una muleta bajo la axila y un humor bastante peor que el habitual.
—Parecéis un comité —gruñó.
—Y tú pareces malísima paciente —le dije.
Sonrió. No mucho. Lo justo.
Le llevamos mandarinas, una revista, unas magdalenas caseras de Nuria que salieron un poco torcidas y gustaron muchísimo, y sobre todo le llevamos algo que ella misma nos había enseñado sin darse cuenta: presencia.
No estuvimos horas. No hacía falta.
Quince minutos. Veinte. Media hora como mucho.
Pero cuando nos íbamos, Rosa nos agarraba la mano un segundo más de lo normal. Y eso, a cierta edad, es casi una confesión.
La tercera semana volvió a la piscina.
No al agua todavía. Solo a sentarse en una silla cerca del bordillo, con el tobillo vendado y una expresión de jefa jubilada que viene a inspeccionar.
—No os confiéis —nos dijo—. Vengo a vigilar la técnica.
Álex soltó una carcajada. Fue la primera vez que le oí reír de verdad.
Y yo la miré desde el agua y pensé que hay personas que no hacen grandes discursos sobre el cuidado ni la comunidad ni nada de eso. Solo aparecen. Y al aparecer una y otra vez, cambian la temperatura de una vida.
Ese mes pasó algo más.
Una mujer nueva entró un martes, se quedó en la parte baja y no soltó el bordillo ni un segundo. Tendría mi edad, quizá un poco más. Llevaba el gesto de quien está cansada incluso antes de empezar.
La vi y me vi.
No a la Rosario de ahora.
A la del primer día.
La que se sentía mayor, torpe, demasiado expuesta.
Me acerqué.
—¿Primera vez?
Asintió.
—Soy Rosario.
Noté a Rosa observándonos desde su silla, sin intervenir.
La mujer tragó saliva.
—No sé si hago bien viniendo.
Yo sonreí.
No con superioridad. No con ternura barata. Con reconocimiento.
—Quédate donde haces pie —le dije—. Camina de un lado a otro. El agua le viene bien a más cosas de las que una cree.
La mujer soltó el bordillo un poco.
Solo un poco.
Pero a veces así empiezan las cosas que luego te cambian la vida: soltando un centímetro.
Hoy sigo yendo cada mañana.
Sigo pagando mi tarifa de mayores. Sigo subiendo después a casa con el pelo mojado y una sensación rara y hermosa de haber estado acompañada sin necesidad de contarlo todo. Mis rodillas duelen menos. Mi pecho también.
Rosa ya ha vuelto a flotar.
Luis sigue haciendo sus ejercicios con cara de no necesitar a nadie, aunque luego se emociona si faltas dos días. Nuria viene aunque ya no “le haga falta”. Álex entra en el agua sin quedarse clavado y algunas mañanas hasta se atreve a bromear. Y la mujer nueva, que se llama Pilar, ya cruza la parte baja sin agarrarse.
A veces pienso en la niña de nueve años que fui.
En esa niña tragando agua, manoteando, aprendiendo demasiado pronto que una puede hundirse sin que nadie mire.
Y entonces me corrijo.
No fue lo único que aprendí.
Lo otro lo he aprendido ahora, mucho más tarde, al otro lado de la vida: que también existen lugares donde sí miran. Donde alguien nota tu ausencia al tercer día. Donde te llevan noticias pequeñas cuando no puedes bajar. Donde te esperan sin hacerte preguntas. Donde una frase sencilla puede devolverte el aire.
Tengo setenta y un años.
Y no, no me he convertido en nadadora de repente. Sigo moviéndome despacio. Sigo teniendo días malos. Sigo entrando al agua con respeto.
Pero ya no entro sola.
Y eso, al final, era lo que más miedo me daba de todo.
No el agua.
La soledad.