Cuando el banco me llamó para informarme que mi propio hijo había presentado documentos falsificados en los que afirmaba que padecía demencia temprana y que ya no estaba capacitado para administrar mi propio dinero.

Cuando me preguntó si tenía arrepentimientos, respondí: “Solo que esperé demasiado tiempo.”

No había ganado; simplemente dejé de perder.

Y me quedó un último pensamiento:

El silencio que eliges puede convertirse en la paz que nunca te dieron.