Cuando el daño no viene del cuerpo, sino de quienes te rodean

Hace algunos meses, una mujer de 64 años se sentó frente a mí en la consulta. No traía análisis médicos ni informes de laboratorio. No venía por dolor físico. Pero lo que dijo me dejó completamente inmóvi

“Doctora… me estoy muriendo. Y no es por una enfermedad del cuerpo.”

Luego de esas palabras, rompió a llorar. Y con un hilo de voz, confesó algo que he escuchado demasiadas veces pero que nunca deja de doler:

Las personas que más amó, las mismas en las que confió durante toda su vida, la estaban destruyendo lentamente.

Y aunque su experiencia parece extrema, no lo es. Cada año veo más personas mayores de 60 que llegan con ansiedad, depresión, insomnio, agotamiento crónico e incluso enfermedades físicas cuyo origen no está en un virus ni en un órgano… sino en vínculos que les quitan vida en lugar de darla.