Lo primero que noté fue el frío.
No el frío que se te mete hasta los huesos en una mañana de invierno, sino un frío quirúrgico. Limpio. Artificial. De esos que huelen ligeramente a desinfectante y metal, y que hacen que cada sonido parezca más fuerte de lo normal.
Mi esposa me sostenía la mano.
Los dedos de Nicole estaban fríos pero firmes; su pulgar dibujaba círculos lentos y tranquilizadores contra mis nudillos mientras esperábamos bajo las luces fluorescentes. Las baldosas del techo sobre mí se difuminaban en cuadrados pálidos mientras una enfermera me ajustaba algo cerca del hombro.
«Vas a estar bien», dijo Nicole en voz baja. «Estaré aquí todo el tiempo».
Asentí. Quería creerle. Y le creí. Al menos, eso fue lo que me dije a mí mismo en ese momento.
La anestesióloga se inclinó hacia mí, con voz tranquila y segura. Me explicó la sedación consciente de nuevo, igual que en la consulta preoperatoria. Despierto pero relajado. Sin dolor. Puede que oigas cosas.
Recuerdo haber pensado: «Bien. He aguantado reuniones de la junta de urbanismo que duraron cuatro horas. Puedo soportar un poco de charla».
La medicación entró por la vía intravenosa, una pesadez que se extendió y me inmovilizó brazos y piernas sin apagar del todo las luces. Mis párpados se cerraron, mi visión se nubló, pero mi mente permaneció despierta. Alerta. Atrapada.
Fue entonces cuando oí la voz del cirujano.
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