Treinta y ocho días que, comparados con cinco años, parecían una eternidad y nada a la vez.
El día que salió, la prisión olía igual.
Las mismas paredes.
La misma cerca.
El mismo cielo descolorido sobre el patio.
Pero ella ya no era la misma mujer que había entrado.
Llevaba la ropa sencilla que le había proporcionado una organización civil, tenía el pelo más corto, el cuerpo más delgado y sus ojos reflejaban una edad que no figuraba en sus documentos. Salomé la esperaba afuera, de la mano de la fiscal Lucía Serrano, quien terminó siendo la única persona en el sistema dispuesta a investigar el caso.
Cuando se abrió la puerta, Ramira caminó lentamente.
No corrió.
No gritó.
Parecía una mujer emergiendo del agua tras haber aprendido a respirar allí.
Salomé sí corrió.
Esta vez, nadie pudo detenerla.
Se abalanzó sobre su madre con toda la fuerza de ocho años, miedo reprimido y amor inquebrantable. Ramira cayó de rodillas para recibirla, abrazándola como si eso pudiera reparar el tiempo roto.
—Se acabó —susurró la niña.
Ramira cerró los ojos.
—No, mi amor. Apenas comienza.
Y era cierto.
Porque ser libre no devolvía lo perdido.
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