Entonces sucedió.
Salomé se inclinó lentamente hacia el oído de su madre.
Y él susurró algo.
Nadie más lo oyó.
Ni los guardias.
Ni la trabajadora social.
Ni el coronel Méndez, que observaba desde la puerta entreabierta con los brazos cruzados y el expediente aún fresco en su memoria.
Solo Ramira.
Y lo que la niña dijo fue tan simple, tan imposible, que por un instante la mujer dejó de respirar.
—No fuiste tú —susurró Salomé—. Vi quién era.
Ramira permaneció inmóvil.
Las lágrimas seguían cayendo, pero ya no eran solo lágrimas de dolor. Eran lágrimas de pura conmoción. La abrazó un poco más fuerte, temblando.
—¿Qué dijiste, mi amor? —murmuró ella, con la voz quebrándose.
Salomé apenas se apartó. Sus grandes ojos, extrañamente serenos, se fijaron en los de su madre.
—Vi al hombre del reloj de serpiente —dijo en voz muy baja. —Entró por la puerta trasera aquella noche. No estabas en casa cuando pasó.
El corazón de Ramira comenzó a latir con una nueva violencia.
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