Ella pidió ver a su hija antes de morir... y lo que la niña le susurró cambió su destino para siempre.

Durante cinco años repitió su inocencia hasta quedarse ronca. Pero nadie quería escucharla. Nadie quería oír que aquella noche había salido a la tienda unos minutos y que, al regresar, encontró la puerta abierta, la lámpara en el suelo y el cuerpo de Esteban junto a la mesa del comedor. Nadie quería creer que la pistola con sus huellas dactilares tuviera una explicación sencilla: era la vieja pistola que guardaba en casa, la cual ella cogió instintivamente al verlo sangrando, sin comprender aún lo sucedido.

La fiscalía construyó el resto.
Una esposa cansada.
Discusiones anteriores.
Dinero.
Celos.
Un testigo poco fiable y un abogado de oficio que ya parecía derrotado antes del juicio.

Ramira tragó saliva.

—Salomé… ¿por qué no lo dijiste antes?

La chica bajó la mirada un instante hacia sus zapatos desgastados.

—Porque me vio escondida tras la cortina —susurró—. Y me dijo que si hablaba, también te matarían a ti. Entonces la tía Clara me dijo que dejara de inventar cosas, que era mejor olvidarlo. Que habías hecho algo malo y que debía portarme bien.

La habitación entera pareció encogerse.

Ramira sintió un escalofrío recorrerle los brazos.

Clara.

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