La hermana de Esteban.
La mujer que acogió a Salomé tras el arresto.
La misma que lloró en el juicio como cualquier otra viuda.
La misma que insistió en que Ramira siempre había sido «nerviosa» y «capaz de cualquier cosa cuando se enfadaba».
Ramira acercó sus manos esposadas al rostro de la chica.
—Cariño… escúchame bien. ¿Has visto a ese hombre antes?
Salomé asintió.
—Sí. Dos veces. Una vez vino cuando no estabas, y papá lo dejó entrar al estudio. Le traje agua. Llevaba un reloj grande de oro con una cabeza de serpiente —dijo, tocándose la muñeca—. Y olía fuerte, como a cigarrillos y colonia. Papá se asustó cuando llegó. Lo supe porque después siempre gritaba aún más.
El coronel Méndez, desde la puerta, dejó de respirar con normalidad.
No se movió.
No dijo nada.
Pero algo en la forma en que la chica hablaba —sin dramatismo, sin buscar atención, con la cruda claridad de quien se aferra a una imagen durante años— hizo que la vieja incomodidad en su pecho se transformara en otra cosa.
Alarma.
Ramira se inclinó aún más.
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