—Sí.
No fue cruel.
Era cierto.
Asintió, como quien recibe una sentencia justa.
—Lo sé.
Luego sacó una pequeña bolsa de papel. Dentro había algo envuelto en tela.
—Esto estaba entre sus pertenencias confiscadas. No figuraba en el inventario final porque alguien lo extravió. Lo encontré anoche.
Ramira abrió el paquete lentamente.
Era una pulsera infantil, hecha de hilos de colores y cuentas retorcidas.
La reconoció al instante.
Salomé se la había hecho cuando tenía cinco años, dos semanas antes de ser arrestada.
«Para que no te olvides de mí cuando vayas al mercado», le había dicho.
Ramira se llevó la pulsera al pecho.
Por primera vez, el coronel Méndez no vio en sus ojos ni furia, ni dolor, ni agotamiento.
Vio algo más peligroso y más valioso.
La vida que volvía.
Meses después, Becerra fue condenado.
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