Asesor financiero.
Amigo íntimo de Esteban.
Y, según una nota perdida entre los apéndices contables, un hombre implicado en una serie de documentos que Esteban se negó a firmar meses antes de morir.
Cuando Méndez vio la foto señalada, sintió un escalofrío. Recordaba ese apellido de otro lugar. No del juicio. De una llamada privada que había recibido una semana antes, cuando la sentencia aún podía ejecutarse discretamente. Una voz le dijo que el caso Fuentes debía cerrarse así, por el bien de todos. Por el bien de todos, y porque insistir demasiado en el pasado solo empañaba las instituciones respetables.
No mencionaron nombres.
No era necesario.
Ahora sí que era necesario.
Llamó directamente a la fiscalía.
No a cualquier fiscalía.
A la unidad de revisión de condenas injustas.
Gritó.
Exigió.
Utilizó treinta años de servicio como si finalmente tuvieran algún propósito útil.
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