Huyó de su boda forzada y se escondió en el carruaje del duque más temido de la ciudad. Cuando él la vio temblar, solo susurró: “La protegeré”.

Huyó de su boda forzada y se escondió en el carruaje del duque más temido de la ciudad. Cuando él la vio temblar, solo susurró: “La protegeré”.

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La mañana de la boda, Ximena Alvarado despertó con el sonido de su madre llorando detrás de la puerta.

No era el llanto dulce de una mujer que despide a su hija hacia una vida mejor. Era un llanto roto, culposo, humillante. El llanto de alguien que ya había firmado el precio de otra persona.

La casa de los Alvarado llevaba años cayéndose a pedazos, aunque por fuera todavía conservara balcones de hierro forjado, vitrales franceses y retratos de antepasados que miraban con soberbia desde las paredes. Su padre había perdido fortunas enteras en apuestas y negocios absurdos. Su hermano mayor había hipotecado lo poco que quedaba intentando salvar una empresa que nunca debió existir. Y entonces apareció Tomás Campillo.