Tenía 32 años el día que descubrí que en realidad no era huérfana. Pero para entonces, ya había enterrado a tres personas: a mi mamá, a mi papá y luego a mi abuela. Al menos, eso era lo que yo creía.

La carta apareció tres días después de su funeral.
La misma vieja mesa de la cocina. El mismo vinilo feo. La misma silla vacía con el suéter colgando del respaldo. La casa olía a polvo y canela tenue, como si intentara recordarla.