Ruby le entregó a Mollie una última carta de Thomas, escrita pocos días antes de su muerte, en la que explicaba que el jardín era su manera de garantizar que los sábados nunca terminaran realmente. Había mantenido el proyecto en secreto para que fuera una sorpresa perfecta, que floreciera mucho tiempo después de su partida. Cada pétalo era una promesa cumplida, y él estaría presente en cada amanecer y en cada capullo que se abriera. La revelación de que su “vida secreta” era en realidad un acto monumental de dedicación hizo que Mollie derramara lágrimas de alivio y amor abrumador, borrando toda la culpa de sus dudas pasadas.
