Hasta que una noche, desperté con una sensación aterradora. Era como si una piedra enorme aplastara mi pecho. Intentaba respirar, pero el aire no entraba.
Supe que algo no estaba bien.
La llamada que lo cambió todo
Con dificultad, llamé a mi hija.
—Claudia… creo que necesito ir al hospital.
Del otro lado hubo un suspiro, como si yo fuera una molestia.
—Ahora, mamá…
—No puedo respirar…
Después de unos segundos, respondió:
—Está bien, voy.
Cuando llegó, su expresión era de fastidio. Pero yo no tenía fuerzas para discutir.
En el hospital, todo fue rápido: estudios, radiografías, análisis. Horas después, el médico se sentó junto a mi cama con una mirada seria.
—Señora Celina, necesitamos operar de inmediato.
Sentí miedo… pero lo que más me marcó fue mirar a mi hija y verla completamente indiferente, concentrada en su celular.
Las palabras que nunca olvidé
La cirugía fue ese mismo día.
Cuando desperté, estaba en terapia intensiva. Máquinas, tubos, sonidos constantes… todo era confuso y aterrador.
Al día siguiente, Claudia apareció.
—Mamá, vine a ver si estás bien —dijo con prisa.
—Tuve mucho miedo, hija…
Ella cruzó los brazos, incómoda.
Y entonces dijo algo que jamás olvidaré:
—No tengo tiempo para una enferma. Arréglate con los enfermeros. Yo tengo mi vida.
Sentí como si me golpearan el alma.
Se dio media vuelta… y se fue.
14 días de silencio
Los días en el hospital se volvieron eternos.