Mi hijo canceló la fiesta por vergüenza a mi casa, dejándome 80 sillas vacías, sin saber que el hombre que invité a comer destruiría su arrogancia.
El sol de la tarde caía pesado sobre el patio de la casa, calentando las losetas rojas como si quisiera dejar grabado para siempre aquel día. El aire estaba espeso, tibio, con ese olor a tierra caliente tan propio de Guadalajara cuando el día se despide sin prisa.
Yo acomodaba el último centro de mesa con ramas de laurel, flores blancas de azahar y bugambilias que crecían desde hacía años junto al muro, tercas, firmes, como yo.
Ochenta sillas blancas, recién limpiadas, formaban un semicírculo perfecto. No estaban ahí por casualidad. Cada una representaba una historia, una risa, un abrazo pendiente. Esperaban a la familia, a los amigos, a los compañeros de universidad de mi nieta Mariana.