El salón estaba lleno de gente que reía demasiado fuerte y asentía demasiado rápido a todo lo que decía mi hijo. Ese tipo de risa que uno aprende a reconocer cuando ha pasado la vida negociando contratos: la risa de los que quieren algo.
Javier me vio después de unos segundos. Primero frunció el ceño. Luego su expresión cambió a una sonrisa incómoda, como si yo fuera una mancha en una camisa blanca que no sabía cómo esconder.
—Ah… mi padre —dijo, levantando el vaso—. Señores, este es el hombre que me enseñó a trabajar duro.
Algunos invitados aplaudieron por cortesía. Otros simplemente me observaron con curiosidad, como si yo fuera una reliquia antigua que alguien había dejado sobre la mesa por error.
Me acerqué despacio.
—Feliz cumpleaños, hijo.
Le extendí el pequeño paquete envuelto en papel marrón.
No era gran cosa. Un reloj antiguo que había usado durante veinte años cuando aún trabajaba en obra. El cristal estaba un poco rayado, pero seguía funcionando perfecto.
Javier lo miró como si fuera un objeto extraño.
—¿Qué es esto?
—Un reloj. Pensé que te gustaría.
Lo abrió delante de todos. Hubo un pequeño silencio incómodo.
Sofía apareció detrás de él con una sonrisa torcida.
—¿Un reloj usado?
Algunos invitados soltaron una risa breve.
Javier levantó el reloj entre dos dedos.
—Papá… —dijo con una sonrisa tensa— esto… esto no encaja mucho con la fiesta.
—No tiene que encajar —respondí—. Solo tiene que recordar algo.
—¿Recordar qué?
—El tiempo.
La sonrisa de Javier desapareció un poco.
Sofía intervino rápidamente.
—Cariño, deja eso. Tenemos invitados.
Pero algo en el ambiente ya había cambiado.