Javier bebió un trago de whisky y me miró con ese gesto que yo conocía bien. El mismo que tenía cuando era adolescente y pensaba que el mundo le debía algo.
—Papá… ¿por qué no te sientas en la cocina o algo así? Estamos hablando de negocios.
La frase fue suave, pero lo suficientemente clara.
Algunos de sus amigos miraron hacia otro lado.
Yo me quedé de pie.
—Solo vine a felicitarte.
—Ya lo hiciste.
Me quedé unos segundos en silencio.
—Entonces me voy.
Me giré hacia la puerta.
Pensé que ahí terminaría todo.
Pero Sofía habló otra vez.
—La próxima vez avisa antes de venir. No queremos sorpresas delante de los clientes.
La frase flotó en el aire.
Algo dentro de Javier cambió.
—Es verdad —dijo—. Papá, tienes que entender algo. Este ya no es tu mundo.
Me detuve.
—¿Mi mundo?
—Sí. El de las botas de obra, los cafés en vasos de plástico y las historias de sacrificio.
Algunos invitados sonrieron incómodos.
—Aquí estamos jugando en otra liga.
Volví a mirarlo.
—¿Ah sí?
Javier levantó los hombros.
—Sí.
Y entonces Sofía dijo algo que encendió la chispa final.
—La verdad… esta casa necesitaba un ambiente diferente. Algo más… refinado.
Miré alrededor.
La chimenea.
Las vigas.
Las paredes de piedra.
Cada ladrillo había pasado por mis manos cuando supervisé la reforma.
—¿Te gusta la casa? —pregunté.
Javier levantó su copa.
—Me encanta.
—¿Sabes cuánto costó?
—Papá… ya hemos hablado de eso mil veces.
—Respóndeme.
Suspiró.
—No lo sé exactamente.
—Tres millones y medio.