—¡Estás loco!
—Tal vez.
Javier dio un paso hacia mí.
—Papá, cancela eso.
Negué con la cabeza.
—No.
—Te estoy diciendo que lo canceles.
—No puedo.
—¿Por qué?
Lo miré.
—Porque esta mañana, mientras tú estabas en la oficina jugando a ser un gran empresario…
hice una llamada.
Firmé los papeles.
Y recibí la transferencia.
Tres millones ochocientos mil euros.
El salón estaba tan silencioso que se podía oír el viento golpeando las ventanas.
Javier respiraba fuerte.
—Esto es una locura.
—No.
—¡Es mi casa!
—No lo es.
Sofía miraba el documento como si fuera veneno.
—¿Por qué harías algo así?
La miré.
—Porque un hijo que levanta la mano contra su padre… no merece vivir en una casa construida por ese padre.
El silencio se volvió aún más pesado.
Javier abrió la boca.
—¿De qué estás hablando?
Lo miré.
—De los treinta golpes.
Su rostro se congeló.
Algunos invitados se miraron entre sí.
—¿Treinta…?
—Los conté.
Nadie se movía.
—Uno… dos… tres…
La sangre había empezado a caer en mi labio en el número diez.
—Cuando llegaste al treinta… —continué— entendí algo.
Javier estaba completamente pálido.
—¿Qué?
—Que ya no tenía hijo.
Sofía retrocedió un paso.
—Esto es absurdo.
—No.
Tomé el reloj antiguo que había dejado sobre la mesa.
Se lo puse delante.
—Te dejé esto porque aún marca bien el tiempo.
Lo miré una última vez.
—Te quedan diez días.
Luego me giré hacia la puerta.
Nadie me detuvo.
Cuando salí al viento frío de la sierra, respiré profundamente.