Mi papá me vio cojeando por la calle, con mi bebé en un brazo y las bolsas del mandado en el otro, y preguntó:
—¿Dónde está tu coche?
Cuando susurré: —Su mamá se lo llevó… dijo que debería sentirme agradecida de que nos dejen quedarnos—, papá no discutió. Abrió la puerta del auto y dijo:
—Súbete. Esta noche vamos a arreglar esto.
Y ellos no tenían idea de quién era mi padre… hasta que apareciera frente a ellos y se les borrara el color del rostro.
Mi tobillo izquierdo estaba tan hinchado que ya no cabía bien en mi tenis. Cada paso enviaba una punzada caliente que subía por mi pierna, pero seguí caminando porque detenerme significaba pensar… y pensar significaba llorar.

Mateo tenía once meses y pesaba sobre mi cadera; sus rizos húmedos se pegaban a mi mejilla. Me daba palmaditas en la clavícula con sus deditos pegajosos, tarareando como si el mundo no se estuviera partiendo en dos.
La bolsa del súper me cortaba la mano. El galón de leche golpeaba mi rodilla con cada paso desigual. Estaba a media milla del departamento, y el calor de la tarde en Monterrey caía sobre mí como una mano pesada.
Solo me concentraba en una cosa: llegar a casa antes de que Mateo empezara a llorar.
Un coche avanzó lentamente a mi lado. Me estremecí por reflejo. Entonces escuché mi nombre —agudo, sorprendido.