Niño desaparecido en Santander 2010 — 14 años después surfista encuentra botella en playa

Carmen condujo a Alex encuentro en el paseo marítimo del sardinero. Roberto los acompañaba. Había tomado la mañana libre, algo inusual para un pescador que normalmente salía al mar antes del amanefer. Había 30 niños ese año en el campamento, cuatro monitores, todos jóvenes universitarios entre 20 y 25 años que habían pasado por formación en primeros auxilios y actividades juveniles.

El coordinador era Javier Mendoza, 28 años, estudiante de magisterio. Los otros tres monitores eran Sara, Lufía y Diego. Todos llevaban camisetas naranjas con el lobo del campamento. Recifieron a cada familia, comprobaron listas, repartieron pulseras de identificación a los niños. Las pulseras eran de plástico resistente al agua, con el nombre del niño, número de teléfono de emergencia y grupo asignado.

Alex fue asignado al grupo cuatro llamado Los Delfines. Ocho niños en total. El monitor de su grupo era Diego, un chico de 23 años que estudiaba biología marina en la Universidad de Cantabria. Cuando leyó en la ficha de Alex que el niño quería ser biólogo marino, sonríó. “Vamos a llevarnos bien, campeón”, le dijo.

Carmen abrafó a su hijo fuertemente. Te vamos a echar de menos. Pórtate bien. Escucha a los monitores y llámanos cada noche. Vale. Alex. sintió. Roberto se agachó a la altura de su hijo, le puso las manos en los hombros. Cuídate, hijo. Disfruta. Aprende. El mar te va a enseñar cosas nuevas. Te veo en dos semanas.

Le dio un abrazo rápido pero fuerte. Alex se unió a su grupo. Los otros siete niños ya estaban charlando entre ellos. Había tres niñas y cuatro niños. Alex, naturalmente tímido, se quedó un poco apartado al principio, pero Diego, el monitor era bueno en su trabajo. Organizó un juego de presentación. Vamos a hacer un círculo.

Cada uno dice su nombre y algo que le gusta del mar. Yo empiezo. Me llamo Diego y me gusta el sonido de las olas al romper. Los niños fueron diciendo sus nombres uno por uno. Cuando llevó el turno de Alex, dijo en voz baja, “Me llamo Alex y me gustan los pefes. Todos los pefes. La primera actividad del día era un recorrido por la playa para identificar elementos marinos.

Dievo llevó a los delfines por la orilla, señalando diferentes tipos de algas, conchas, pequeños cangrejos entre las rocas. Alex estaba fascinado. Tomó su cuaderno y empezó a dibujar y anotar todo. Este es un perfebe, explicó Dievo señalando las rocas donde las olas rompían con fuerza. Viven agarrados a las rocas. Son muy difíciles de recoger porque las olas son peligrosas aquí, pero son deliciosos.

Los pescadores los venden muy caros. Alex escribió, “Perfebes viven en rocas, olas fuertes. Papá dice que son caros.” A las 12:30 pararon para comer. Los cuatro grupos se reunieron en una zona de picnic con sombra en los jardines de Piquío, justo detrás de la playa. Los niños comieron bocadillos que habían traído de casa.

Alex tenía dos bocadillos de jamón serrano que Carmen había preparado esa mañana. Después del almuerfo, hora de siesta hasta las 2. Los monitores pusieron mantas en la sombra. Algunos niños durmieron. Alex no podía dormir. Estaba demasiado emocionado. Se quedó mirando el mar, escuchándolas olas, pensando en todas las criaturas que vivían bajo esa superficie a full brillante.

A las 2:15 de la tarde, las actividades se reanudaron. Javier, el coordinador anunció un concurso de construcción de castillos de arena. Los cuatro grupos competirían. Tendrían una hora para crear la estructura más impresionante. El grupo ganador recibiría medallas de chocolate. Los niños gritaron emocionados.

Cada grupo eligió su fona de playa. Los delfines se instalaron cerca de la orilla, donde la arena estaba más húmeda y compacta, perfecta para construir. Dievo dejó que los niños decidieran qué construir. Hubo debate. Un castillo con torres, no un dragón, un tiburón gigante. Finalmente votaron. Alex sugirió tímidamente.

Podemos hacer un barco pesquero como el de mi padre. Los otros niños consideraron la idea. Sonaba diferente, original. Votaron seis votos a favor, dos en contra. Harían un barco pesquero. Durante la siguiente hora, los delfines trabajaron intensamente. Alex, que había visto barcos toda su vida, dirigió el diseño. El casco tiene que ser así, más ancho en el medio.

Las redes van en la parte de atrás. Aquí va la cabina donde está el capitán. Los otros niños cedían sus instrucciones. Usaban palas de plástico, cubos, sus propias manos. La arena húmeda se moldeaba perfectamente. Crearon un barco de casi 2 m de largo. Usaron conchas para decorar. Palos de madera que encontraron en la playa sirvieron como mástiles.

Algas como redes de pesca. Alex estaba completamente absorto en el trabajo. Era el más feliz que había estado en meses. Aquí, con estos niños que apenas conocía, creando algo con sus manos, sintiendo la arena entre los dedos, con el sol en la espalda y el sonido del mar de fondo, se sentía completamente en paz.

A las 3:15, Javier pasó evaluando cada construcción. Los delfines presentaron su barco pesquero con orgullo. Javier quedó impresionado. Esto está increíble, muy creativo, muy detallado. Tomó fotos con su cámara digital. Los otros grupos habían hecho castillos tradicionales con torres y murallas. Estaban bien hechos, pero el barco de los delfines destacaba por su originalidad.

A las 3:40, Javier llamó a todos los niños. Era hora de merendar. Los cuatro grupos se reunieron en la zona de picnic. Los monitores sacaron grandes termos con agua fría y bolsas de galletas. Los niños se sentaron en círculo. Javier empezó a contar cabezas, preparándose para repartir las galletas. Grupo uno, ocho niños.

Grupo dos, siete niños. Grupo tres, ocho niños. Grupo cuatro, siete niños. Esperaba. Volvió a contar. Grupo cuatro, siete niños. Tenía que haber ocho. Dievo, el monitor de los delfines, también contó. 1 2 3 4 5 6 7. Faltaba uno. Miró las caras. Comprobó su lista. ¿Dónde está Alex Ruif? Los siete niños se miraron entre sí.

Una niña dijo, “Estaba con nosotros haciendo el barco.” Otro niño agregó, “Lo vi hace un rato caminando hacia las rocas.” No, contradijo otro. Estaba jugando aquí mismo hace 5 minutos. Las versiones eran confusas, contradictorias. Los niños de 10 años no son testigos fiables del tiempo. 5 minutos para un niño jugando pueden ser 20 minutos o 2 minutos. Nadie estaba seguro.

Diego no se alarmó inmediatamente. Los niños a veces se alejaban para ir al baño, para explorar. Caminó hacia la zona donde habían estado construyendo el barco. El barco de arena cedía allí intacto. La mochila full de Alex estaba tirada en la arena cerca del barco. Diego la abrió. La ropa estaba dentro. El cuaderno, los bolígrafos, todo, excepto Alex.

miró hacia las rocas, hacia los baños públicos, hacia el paseo marítimo, playas llenas de gente, cientos de personas, familias, niños, anfianos. Imposible distinguir a un niño específico en esa multitud. Diego caminó rápido de vuelta hacia Javier. Alex no está. He mirado su mochila. Está todo allí, pero él no aparece.