Las preguntas eran necesarias, pero dolorosas. Cada pregunta era un recordatorio de que su hijo había desaparecido. El día siguiente, 23 de julio, la búsqueda se intensificó masivamente. Más de 200 voluntarios se unieron. Fente de Santander, que había visto las noticias y quería ayudar. Peinaron cada centímetro de la ciudad, parques, edificios abandonados, garajes, almacenes.
Preguntaban en cada tienda, cada restaurante, cada hotel. Han visto a este niño? Mostraban la foto de Alex. Nadie había visto nada. Roberto hizo algo que le destrozó el alma, pero que sentía que tenía que hacer. llevó su barco de pesca y salió al mar con un grupo de otros pescadores. Conocía las corrientes del cantábrico mejor que nadie.
Si Alex había caído al agua en el muelle, Roberto calculaba donde las corrientes podrían haber llevado su cuerpo. No quería pensar en su hijo como un cuerpo, pero tenía que considerarlo. Navegó siendo las corrientes, mirando el agua, refando para no encontrar nada y al mismo tiempo desesperado por encontrar algo. Los días se convirtieron en semanas.
La cobertura mediática disminuyó gradualmente. Otros acontecimientos ocuparon los titulares. Pero para Roberto y Carmen, el tiempo se había detenido el 22 de julio de 2010 a las 3:40 de la tarde. La habitación de Alex se mantuvo exactamente como estaba. Sus juguetes, sus libros sobre el mar, su colección de conchas que había reunido durante años.
Carmen entraba cada día y se sentaba en la cama de su hijo, sosteniendo su almohada, oliendo su olor que se desvanecía lentamente. Roberto dejó de pescar durante dos meses. No podía subirse a la aurora sin pensar en Alex, en todas las veces que su hijo había ido con él, sentado en la proa, mirando el mar con esos ojos curiosos llenos de preguntas.
Cuando finalmente volvió al trabajo en septiembre, era un hombre diferente, más callado, más oscuro. Sus compañeros pescadores intentaban consolarlo, pero qué se puede decir a un padre que ha perdido a su hijo. La investigación policial continuó durante meses, pero sin pistas sólidas. Los perros habían perdido el rastro en el muelle.
Las cámaras de seguridad no mostraban nada definitivo. Había imágenes borrosas de muchos niños en el paseo marítimo ese día, pero ninguna que pudiera ser identificada definitivamente como Alex. La teoría predominante era que Alex se había alejado del grupo. Había ido hacia el muelle por curiosidad, quizás para mirar los barcos, y había caído al agua accidentalmente.
Las corrientes lo habrían arrastrado mar adentro. Los bufos habían buscado exhaustivamente, pero el cantábrico es vasto y las corrientes impredecifibles. En diciembre de 2010, 5 meses después de la desaparición, el caso fue clasificado como desaparición sin resolver. No había evidencia de secuestro, no había testigos de nada sospechoso, no había cuerpo.
Alex Ruif simplemente se había desvanecido. Para la burocracia oficial era un caso frío. Para Roberto y Carmen era una herida abierta que sangraba cada día. Los años pasaron con una lentitud torturante. 2011, 2012, 2013. Roberto se volvió obsesivo con el mar. Cada vez que salía a pescar, sus ojos escaneaban el agua constantemente. En algún lugar de su mente rota, creía que si miraba lo suficiente, si buscaba lo suficiente, encontraría algo.
Una señal, cualquier cosa. Carmen se unió a una asociación de familias de personas desaparecidas. Allí encontró a otras madres y padres viviendo el mismo infierno. Era un consuelo pequeño, pero era algo saber que no estaban solos en su dolor. Cada 22 de julio, el aniversario de la desaparición, Roberto y Carmen iban a la playa del Sardinero.
Se sentaban en el lugar exacto donde Alex había construido su barco de arena. Llevaban flores que dejaban en la arena y lloraban. El primer aniversario vinieron docenas de personas, amigos, familiares, gente de la comunidad. El quinto aniversario vinieron solo ellos dos. El mundo sigue adelante. La gente olvida, pero los padres nunca olvidan.
En 2015, Roberto y Carmen se separaron. No fue un divorcio oficial, simplemente dejaron de vivir juntos. El dolor compartido que al principio los había unido eventualmente se convirtió en todo lo que tenían y no era suficiente. Se recordaban mutuamente su fracaso, su pérdida. Carmen se mudó a un apartamento pequeño cerca del centro.
Roberto se quedó en la casa familiar, rodeado de los recuerdos de Alex. Seían en contacto, se veían en fechas importantes, pero ya no eran una pareja. La desaparición de Alex no solo había destruido a su hijo, había destruido su familia. Roberto se veía pescando porque era lo único que sabía hacer, pero su corazón ya no estaba en ello.
Navegaba mecánicamente, lanzaba redes, recogía pefes, vendía capturas, todo en piloto automático. Por las noches, solo en su barco o en su casa bafía bebía. whisky barato que quemaba, pero adormecía el dolor. Sus amigos intentaban ayudarlo, pero Roberto los alejaba. Solo quería estar solo con su culpa y su dolor.
Lo que Roberto y Carmen no sabían, lo que nadie sabía durante 14 años, era lo que realmente había pasado con Alex ese 222 de julio de 2010. La verdad era más oscura de lo que alguien había imaginado. Mientras los delfines construían su barco de arena a las 3 de la tarde, un hombre había estado observando desde el muelle cercano.
Se llamaba Tomás Ferrer. Tenía 42 años. Era propietario de un pequeño barco de recreo que usaba supuestamente para paseos turísticos. Pero Tomás tenía un secreto. Era parte de una red de tráfico de menores que operaba en puertos del norte de España. La red pequeña pero efectiva. Tres hombres en total. Tomás en Santander, otro en Gijón, otro en Bilbao. Su método era simple.
Identificaban niños solos en playas, parques, campamentos. Los abordaban con pretextos. ¿Estás perdido? Te ayudo a encontrar a tus padres. Ven, mira este barco tan bonito que tengo. Una vez que tenían al niño en su barco, se alejaban rápidamente. Los niños eran transportados a casas seguras, lugares aislados donde eran mantenidos hasta que podían ser vendidos.
Vendidos a redes más grandes, a adoptantes ilegales, a personas con intenciones aún más oscuras. Tomás había visto a Alex jugando con su grupo. Había notado que el niño se alejaba ocasionalmente del grupo para mirar el mar, para recoger conchas. Era un niño curioso, aventurero, perfecto. Alrededor de las 3:30, cuando el grupo estaba concentrado terminando su barco de arena, Tomás se acercó.
“Hola”, le dijo a Alex, que estaba a unos metros del grupo buscando más conchas para decorar. ¿Te gustan los barcos? Alex lo miró. Era un hombre normal con ropa de marinero. Sí, me gustan mucho. Tengo un barco muy bonito en el muelle. ¿Quieres verlo? Solo un minuto. Está aquí cerca. Alex dudó. Su madre siempre le había dicho que no hablara con extraños, pero este hombre parecía amable y solo era mirar un barco, algo que Alex amaba.
Solo un minuto”, dijo Alex. “Luego vuelvo con mi grupo.” “Por supuesto,” sonrió Tomás. Caminaron juntos hacia el muelle. Tomás hablaba todo el tiempo. “Mi barco se llama Estrella del Mar. Es muy rápido. Lo uso para llevar turistas a ver delfines. ¿Te gustaría ver delfines algún día?” Alex estaba fascinado.
Delfines eran su animal favorito. Llegaron al muelle. El barco de Tomás estaba atracado al final. Sube, sube. Mira qué bonito es por dentro. Alex subió al barco. En cuanto estuvo dentro, Tomás subió detrás de él y cerró la pequeña cabina. Alex se asustó. Quiero volver con mis amigos. Tranquilo, dijo Tomás, su voz ahora menos amable.
Solo vamos a dar un paseo corto. Te va a gustar. Antes de que Alex pudiera gritar, Tomás le tapó la boca con la mano. Encendió el motor. El barco salió del muelle rápidamente, alejándose de la playa. Alex luchó, intentó gritar, pero Tomás era más fuerte. Una vez que estuvieron lo suficientemente lejos de la costa, Tomás le quitó la mano de la boca.
Alex lloró. Quiero volver con mi papá. Llévame de vuelta. Tomás lo ignoró. navegó durante 30 minutos hacia el este, siendo la costa, pero manteniéndose lo suficientemente lejos para no ser visto. Llevó a Alex a una casa aislada en un pequeño pueblo costero llamado Suanfes, a 25 km de Santander.