En la quietud del convento de Padre Pío, en San Giovanni Rotondo, se vivieron escenas de profunda mística que marcaron para siempre su enseñanza espiritual. Corría el año 1958 cuando, durante una oración nocturna especialmente fervorosa, el santo capuchino experimentó una revelación que transformó su comprensión del Rosario y del modo en que el cielo responde a cada Ave María.
Mientras deslizaba entre sus dedos un rosario gastado por décadas de oración, la celda se llenó de una luz suave y de un perfume que, según relataría luego, no pertenecía a este mundo. En medio de ese clima sobrenatural, se le manifestó Virgen María, con una claridad que lo sobrecogió. No fue una aparición para asombrar, sino para enseñar.