Repartidor desapareció en una tormenta en 2005 — 17 años después, hallan cuerpo en una alcantarilla…

Sofía, por su parte, había establecido un patrón de pedidos que coincidía perfectamente con las ausencias de su esposo. La casa de los Vargas era típica de la colonia, fachada de ladrillo pintada de amarillo claro, una pequeña reja de hierro forjado y un jardín frontal con algunas plantas ornamentales.

Por dentro estaba decorada con muebles de madera oscura y fotografías familiares que mostraban a Eduardo y Sofía en diferentes etapas de su matrimonio de 15 años. Sofía había comenzado a solicitar entregas de comida tres veces por semana, siempre entre las 2 y las 4 de la tarde. Sus pedidos eran consistentes.

Comida para una persona, generalmente platillos elaborados de restaurantes del centro de la ciudad. Miguel había notado desde el principio que la mujer siempre lo recibía perfectamente arreglada, con el cabello peinado y maquillaje cuidadoso, algo inusual para alguien que supuestamente estaba en casa descansando. Los encuentros iniciales habían sido profesionales.

Miguel entregaba la comida, recibía el pago con propina generosa y se marchaba. Sin embargo, gradualmente, Sofía comenzó a invitarlo a pasar al interior de la casa, argumentando que necesitaba cambio o que quería ofrecerle algo de beber dado el calor del día. La transformación de estos encuentros profesionales en algo más íntimo había sido gradual, pero inevitable.

Sofía era una mujer atractiva con cabello castaño claro y ojos verdes que había encontrado en Miguel una escape a la rutina monótona de su matrimonio. El joven, por su parte, se sintió halagado por la atención de una mujer mayor y de clase social superior. Los encuentros clandestinos entre Miguel y Sofía se intensificaron durante los meses previos a la desaparición del joven.

La mujer había convertido las entregas de comida en una excusa perfecta para mantener su relación extramarital. Miguel reorganizó su ruta de trabajo para asegurar que las entregas a la Casa Vargas coincidieran siempre con la ausencia de Eduardo. Sofía vivía un matrimonio que había perdido la pasión años atrás.

Eduardo, absorto en su trabajo y en sus rutinas, apenas prestaba atención a su esposa. La pareja no tenía hijos, una situación que había generado tensión entre ellos y que Sofía interpretaba como una falla personal. La llegada de Miguel a su vida representó una aventura emocional que había creído imposible.

El joven repartidor encontró en Sofía no solo una aventura romántica, sino también una figura maternal que había perdido parcialmente cuando su padre abandonó el hogar. La diferencia de edad y estatus social creaba una dinámica compleja donde Miguel se sentía tanto protegido como deseado. Sofía le proporcionaba dinero extra, ropa nueva y la atención emocional que había carecido en su vida.

Los encuentros seguían un patrón establecido. Miguel llegaba a la casa entre las 2 y las 3 de la tarde, fingía entregar comida y permanecía en el interior durante aproximadamente una hora. Sofía había calculado cuidadosamente los tiempos para evitar cualquier sospecha de los vecinos o más importante de su esposo.

La relación se mantuvo en secreto durante 5 meses. Miguel no compartió esta información con nadie, ni siquiera con su madre o hermana. Para Carmen, su hijo simplemente había desarrollado una clientela fija que le proporcionaba buenos ingresos. El joven llegaba a casa con más dinero del que su trabajo aparentemente generaba, pero Carmenatribuyó esto a las propinas generosas de clientes satisfechos.

Eduardo Vargas, mientras tanto, permanecía completamente ajeno a la traición que ocurría en su propio hogar. Su rutina laboral inflexible y su personalidad metódica lo habían convertido en un hombre previsible, una característica que Sofía había aprendido a explotar. El contador regresaba cada tarde a las 6:30, cenaba con su esposa y pasaba las noches viendo televisión o revisando documentos de trabajo.

La tarde del 15 de octubre de 2005 comenzó como cualquier otra para Miguel Hernández. El joven se dirigió al trabajo con su uniforme impecable y su bicicleta roja, sin saber que sería el último día de su vida. Las nubes grises que se acumulaban en el horizonte anunciaban la tormenta que cambiaría el destino de varias familias.

Miguel había planificado su ruta habitual que incluía la visita a casa de Sofía Vargas. La mujer había llamado esa mañana para hacer su pedido regular, confirmando que Eduardo estaría en una reunión de trabajo que se extendería hasta tarde. Sin embargo, lo que ninguno de los dos sabía era que la reunión había sido cancelada debido a las condiciones climáticas adversas.

Eduardo Vargas decidió regresar a casa temprano ese día, alrededor de las 3 de la tarde. El contador había pasado la mañana revisando números en su oficina, pero la intensidad de la lluvia que comenzaba a caer lo convenció de que era mejor terminar la jornada laboral. Condujo su automóvil Tsuru Gris por las calles cada vez más inundadas.

Ansioso por llegar a la seguridad de su hogar, Miguel llegó a la casa de los Vargas aproximadamente a las 2:45 de la tarde. La lluvia había comenzado como una llovisna ligera, pero se intensificaba rápidamente. Sofía lo recibió en la puerta con su sonrisa habitual, vestida con un vestido azul claro que había elegido especialmente para la ocasión.

La mochila térmica naranja quedó abandonada en la entrada junto con el casco rojo que Miguel se quitó. Al entrar, los dos amantes se dirigieron hacia la sala, donde Sofía había preparado café y algunos bocadillos. La conversación fluyó naturalmente, mezclando la intimidad física con la emocional que había caracterizado su relación durante los últimos meses.

Miguel le contó sobre su familia, sus sueños de ahorrar dinero suficiente para ayudar a su madre y quizás estudiar una carrera técnica. Sofía, por su parte compartió sus frustraciones matrimoniales y sus sueños no cumplidos. La mujer había estudiado secretariado ejecutivo antes de casarse, pero Eduardo la había convencido de que era mejor que se dedicara al hogar.

Ahora, a los 38 años se sentía atrapada en una vida que no había elegido completamente. La intimidad del momento fue interrumpida bruscamente por el sonido de la puerta principal abriéndose. Eduardo había regresado mucho antes de lo esperado, empapado por la lluvia torrencial que ahora azotaba la ciudad.