Sus pasos en el pasillo de entrada resonaron como una sentencia de muerte en los oídos de Sofía y Miguel. Eduardo Vargas entró a su casa sacudiéndose el agua de la lluvia. Ajeno a la tragedia que estaba a punto de desatarse. El contador colgó su saco empapado en el perchero de la entrada y se dirigió hacia la cocina para prepararse algo caliente.
Fue entonces cuando notó la mochila térmica naranja y el casco rojo abandonados junto a la puerta. La confusión inicial de Eduardo se transformó rápidamente en sospecha. Su esposa no había mencionado ninguna entrega programada para esa tarde y la presencia de los objetos del repartidor en su casa a una hora inusual le pareció extraña.
Con pasos sigilosos se dirigió hacia el interior de la casa, siguiendo el sonido de voces susurrantes que provenían de la sala. La escena que Eduardo descubrió destrozó su mundo en segundos. Sofía y Miguel estaban en el sofá, en una posición que no dejaba lugar a dudas sobre la naturaleza de su relación. La traición no era solo sexual, sino emocional, evidente en la forma íntima en que conversaban y se tocaban.
15 años de matrimonio se desmoronaron ante sus ojos en un instante devastador. El grito de shock y rabia que Eduardo lanzó alertó inmediatamente a los amantes sobre su presencia. Sofía se apartó violentamente de Miguel, intentando cubrirse y balbucear explicaciones incoherentes. Miguel, por su parte, se incorporó rápidamente, consciente de que había sido atrapado en una situación que podría tener consecuencias graves.
Eduardo, un hombre tradicionalmente calmado y metódico, experimentó una furia que nunca había sentido antes. La humillación de ser traicionado en su propia casa por su esposa y con un joven que había confiado al recibirlo regularmente en su hogar, desató una violencia que él mismo no sabía que poseía.
Sus manos temblaron mientras procesaba la magnitud de la traición. Miguel intentó explicar la situación, pero las palabras se ahogaron en sugarganta. sabía que no había justificación posible para lo que Eduardo había presenciado. El joven se dirigió hacia la entrada buscando recuperar sus pertenencias y marcharse antes de que la situación escalara aún más.
Sin embargo, Eduardo lo interceptó en el pasillo bloqueando su salida. La confrontación física fue inevitable. Eduardo, impulsado por una mezcla tóxica de humillación, rabia y traición, empujó violentamente a Miguel contra la pared. El joven, más pequeño y sorprendido por la agresión, no pudo defenderse adecuadamente.
La disputa se intensificó cuando Eduardo tomó un objeto pesado de la mesa del pasillo, un cenicero de cristal que había sido un regalo de bodas. El golpe que Eduardo acest a Miguel con el cenicero de cristal fue fatal. El impacto en la cabeza del joven repartidor produjo una fractura craneal que lo dejó inconsciente inmediatamente. Sofía gritó horrorizada al ver la sangre que comenzó a brotar de la herida, manchando el piso de mosaico de la entrada.
Eduardo, todavía dominado por la rabia, no se dio cuenta inicialmente de la gravedad de lo que había hecho. Miguel cayó al suelo con un ruido sordo que resonó en la casa ahora silenciosa, excepto por los soyosos histéricos de Sofía. La lluvia torrencial que golpeaba las ventanas proporcionaba una banda sonora siniestra a la tragedia que se desarrollaba.
Eduardo se quedó de pie jadeando con el cenicero ensangrentado aún en sus manos, mientras la realidad de sus acciones comenzaba a penetrar su conciencia. Los minutos que siguieron fueron cruciales. Eduardo verificó el pulso de Miguel y confirmó lo que ya temía. El joven estaba muerto. La herida en su cabeza había sido demasiado severa y la hemorragia interna había sido fatal.
Sofía, en estado de shock, apenas podía articular palabras coherentes entre sus llantos descontrolados. La mente calculadora de Eduardo, entrenada en años de trabajo contable, comenzó a evaluar la situación con una frialdad que lo sorprendió a él mismo. Había matado a un hombre en su propia casa y aunque había sido en un momento de ira ciega, sabía que las autoridades no verían la situación con simpatía.
Su vida, su carrera y su futuro estaban en riesgo. La decisión de ocultar el crimen fue tomada en cuestión de minutos. Eduardo sabía que la tormenta proporcionaba una cobertura perfecta. para deshacerse del cuerpo sin ser visto por los vecinos. La colonia Revolución tenía un sistema de drenaje antiguo con varios pozos de registro y alcantarillas que podrían servir para sus propósitos siniestros.
Sofía, traumatizada, pero cómplice involuntaria, ayudó a su esposo a envolver el cuerpo de Miguel en una lona que Eduardo guardaba en el garaje. La mochila térmica naranja y el casco rojo también fueron incluidos en el macabro paquete. La bicicleta roja de Miguel, que había quedado estacionada en la calle, fue recuperada bajo la cortina de lluvia intensa.
Eduardo cargó el cuerpo en su automóvil, aprovechando que las calles estaban desiertas debido a la tormenta. A tres cuadras de su casa, en la intersección de las calles Hidalgo y Juárez, había una alcantarilla con una tapa de registro que había anotado en sus caminatas matutinas. El pozo era profundo y raramente inspeccionado por las autoridades municipales.
La operación de deshacerse del cuerpo de Miguel requirió una precisión que solo la desesperación podía inspirar. Eduardo esperó hasta las 2 de la madrugada cuando la tormenta alcanzó su punto máximo y las calles se convirtieron en ríos furiosos. Con la ayuda renuente de Sofía, transportó el cuerpo envuelto hasta la alcantarilla seleccionada.
La tapa del registro pesaba considerablemente, pero la adrenalina y el miedo le dieron a Eduardo la fuerza necesaria para moverla. El pozo era más profundo de lo que había imaginado, aproximadamente 4 m, y se conectaba con un sistema de túneles de drenaje que databan de décadas atrás. Miguel fue arrojado al interior junto con su mochila térmica naranja y su casco rojo.
La bicicleta roja presentó un desafío adicional. Eduardo la desmontó parcialmente para poder introducirla por la abertura del registro. Las ruedas fueron separadas del marco y cada pieza fue arrojada cuidadosamente al pozo. El agua de la tormenta que corría por las alcantarillas ayudaría a arrastrar cualquier evidencia hacia partes más profundas del sistema de drenaje.
De regreso en casa, Eduardo y Sofía limpiaron meticulosamente cualquier rastro de sangre o evidencia del crimen. Los mosaicos del pasillo fueron lavados con cloro y el cenicero de cristal fue destruido y desechado en diferentes contenedores de basura del barrio. La ropa que habían usado esa noche fue quemada en el patio trasero, aprovechando que la lluvia disimularía el humo.
Eduardo elaboró una coartada para ambos. Si alguien preguntaba, habían estado en casa toda la tarde debido a la tormenta, viendo televisión y cenando juntos. Sofía, todavía enestado de shock, siguió las instrucciones de su esposo como una autómata. El trauma del evento la había dejado incapaz de pensar con claridad o cuestionar las decisiones de Eduardo.
Los días siguientes fueron una tortura psicológica para ambos. Eduardo regresó a su trabajo con normalidad aparente, pero Sofía desarrolló síntomas de estrés postraumático que incluían insomnio, pesadillas y ataques de pánico. La mujer dejó de salir de casa innecesariamente y evitaba cualquier contacto con vecinos que pudieran hacer preguntas.
Cuando la policía hizo las investigaciones rutinarias sobre la desaparición de Miguel, los Vargas fueron interrogados brevemente como parte del procedimiento estándar. Eduardo respondió con calma calculada, explicando que recordaba haber visto al repartidor en el barrio ocasionalmente, Butot negando cualquier interacción significativa.
Sofía permaneció en silencio durante la entrevista, algo que los oficiales atribuyeron a timidez natural. Los años que siguieron al asesinato de Miguel transformaron profundamente la vida de los Vargas. Eduardo desarrolló una personalidad aún más obsesiva compulsiva, controlando cada aspecto de su rutina diaria para mantener la sensación de que tenía dominio sobre su entorno.
Su trabajo se convirtió en su refugio, donde los números y las fórmulas proporcionaban un orden que contrastaba con el caos emocional de su vida personal. Sofía nunca se recuperó completamente del trauma. La mujer, que una vez había sido vivaz y coqueta, se transformó en una figura retraída y melancólica. Desarrolló agorafobia severa, evitando salir de casa, excepto para necesidades absolutamente esenciales.
Su matrimonio con Eduardo se convirtió en una convivencia silenciosa, marcada por la culpa compartida y el secreto que los unía de manera siniestra. La familia de Miguel nunca dejó de buscarlo. Carmen Solíss se convirtió en una figura conocida en las oficinas gubernamentales, presionando constantemente por nuevas investigaciones y mantener vivo el caso de su hijo desaparecido.
Lucía, la hermana menor de Miguel, creció obsesionada con encontrar respuestas sobre el paradero de su hermano. En 2010, 5 años después de la desaparición, Carmen organizó una marcha en memoria de Miguel y otros desaparecidos de Guadalajara. La manifestación atrajo la atención de medios locales y organizaciones de derechos humanos, pero no generó nuevas pistas sobre el caso.
Eduardo observó la cobertura noticiosa desde la seguridad de su sala, sintiendo una mezcla de culpa y alivio por no haber sido descubierto. El sistema de drenaje donde yacían los restos de Miguel experimentó varias modificaciones durante estos años. La ciudad implementó programas de modernización de la infraestructura, pero el pozo específico donde Eduardo había ocultado el cuerpo permaneció intacto.
Las lluvias estacionales llevaban agua a través de los túneles subterráneos, pero el área donde reposaban los huesos de Miguel se mantuvo relativamente seca y aislada. Eduardo desarrolló rituales compulsivos relacionados con la fecha del crimen. Cada 15 de octubre fingía estar enfermo para evitar salir de casa, pasando el día en un estado de ansiedad extrema.